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La eterna morada de los otros
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Por Revista Su Casa
Publicado el 10/28/2011
 
Icónico del perfil urbano  josefino, ese camposanto es testimonio de la construcción de la tolerancia  religiosa en nuestro país.

Sucasa 63


La eterna morada de los otros

La eterna morada de los otros

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La eterna morada de los otros
El Cementerio Extranjero de San José

 

Icónico del perfil urbano  josefino, ese camposanto es testimonio de la construcción de la tolerancia  religiosa en nuestro país.

De  paso por nuestro país, entre 1853 y 1854, los alemanes Moritz Wagner y Carls  Scherzer, dejaron como testimonio de su viaje el libro La República de Costa Rica en la América Central.
En  él, refiriéndose a los cristianos no-católicos, entonces foráneos todos, nos  cuentan: “El pueblo honra a los protestantes extranjeros con el mote injurioso  de ‘machos’ (mulos) porque los considera, respecto a las creencias religiosas,  como animales. Por lo demás no existe en la sociedad ninguna repugnancia  contra los protestantes.
   
“El cementerio  protestante se halla al lado del camposanto católico. El Gobierno desocupó  este terreno en el año 1850, por diligencias del Encargado de Negocios inglés  Sir Frederic Chatefield, para uso de protestantes.”
   
Inhumando a los otros.
El  camposanto a que se referían los viajeros, estaba al oeste del Cementerio  General, en la cuña que en dirección a La Sabana forma la confluencia de  las actuales avenidas 10 y 12. Debidamente titulado, aquel terreno había sido donado  por el gobierno de Juan Rafael Mora con el fin de convertirlo en “cementerio  británico”, tal y como consta en la Gaceta del 9 de marzo de aquel año.
   
Ya en  1848, mientras se revisaba la Constitución y se habría espacio a la tolerancia  de la práctica de otros credos religiosos, entraba en vigencia el tratado de  amistad y comercio con las ciudades de Lubeck, Bremen y Hamburgo, mientras que  en 1849 se firmaba uno similar con Inglaterra. De ahí que fuera el Encargado de  Negocios inglés quien intercediera ante Mora con ese objetivo, y obtuviera así  un “cementerio británico”.
   
De británico a protestante.
Reciente  aún la Independencia, los primeros inmigrantes no españoles en llegar aquí  habían sido británicos. Atraídos por el oro encontrado en los Montes del  Aguacate, en 1822 varios de ellos obtuvieron del gobierno el derecho de  explotar el mineral de esas montañas.

 

Para  1840 habían llegado ya suficientes alemanes como para que la presencia  protestante en el país empezara a diversificarse. Ese  flujo de población nórdica, ligada esencialmente al comercio y a la tecnificación  de la industria del café también, sirvió en buena medida de estímulo a la  creación del cementerio dicho.
   
A lo  anterior, cabe sumar dos circunstancias. Por un lado, la influencia conjunta  que personajes protestantes tan influyentes como eran los ingleses y alemanes  en el desarrollo productivo del país, podían tener sobre las autoridades  costarricenses; y por otro, que esas mismas autoridades no desearan un  conflicto con el catolicismo por tratar de secularizar los otros camposantos.
   
Según  el investigador Wilton Nelson, discretamente aunque con toda libertad, se  celebraban ya en San José cultos protestantes en casas particulares, pues no  fue sino hasta 1865 que se contó con una capilla propiamente dicha para ese  menester.
   
Hasta  entonces, tanto el culto como los rituales fúnebres habían sido atendidos por  laicos, pero en 1869 llegó a la ciudad el primer ministro protestante. A su  vez, el inicio de los trabajos del ferrocarril al Atlántico un par de años  después, diversificó aún más la presencia protestante con la llegada al país de  los norteamericanos encargados de ello; mientras que esa misma obra atraía  también a los primeros judíos sefarditas, provenientes casi todos de Panamá y  las islas caribeñas de Jamaica, Curazao y Saint Thomas.
Quizá  por esa razón, y en paralelo con la promulgación de la ‘Ley de Garantías  Individuales’ que legalizó por fin la libertad de cultos en Costa Rica, fue que  el gobierno del general Tomás Guardia, en 1877, cedió a los credos  no-católicos una parcela de terreno más grande que la original para destinarla  a cementerio, la que funciona aún como tal.
   
De protestante a extranjero
Ubicado  al noreste del principal camposanto josefino, e igualmente frente a la avenida  10 o de los cementerios, entre calles 18 y 20, el Cementerio Extranjero empezó  a llamarse así conforme se hizo evidente que quienes hacían uso de él, no eran  solamente ya los protestantes; hecho que por demás vino a ratificar la  secularización de esos espacios en 1884, como parte de las leyes liberales que  entraron en vigencia entonces.
   
De  los cinco principales cementerios capitalinos, el Extranjero es el más pequeño. Actualmente cuenta con casi cuatro mil metros cuadrados apenas, habiendo  perdido casi la mitad de su área original en virtud del reordenamiento urbano y  vial de la zona en que se encuentra. Está dividido en cinco cuadros  principales, cuatro de los cuales tienen por centro un pequeño quiosco  octogonal y prefabricado de estética victoriana. Cada quiosco, a su vez, está  rodeado por varias araucarias que caracterizan al lugar.
   
Sin  embargo, desde hace años ya que el Cementerio Extranjero dejo de ser  exclusivo de protestantes, foráneos o no, de judíos sefarditas o afiliados a la  masonería, y por eso podemos encontrar igualmente entre su lapidaria,  aunque en mucha menor medida, la presencia de católicos costarricenses o  extranjeros; lo que demuestra una vez más que ese camposanto ha sido un espacio  de tolerante convivencia entre distintos cultos religiosos en suelo capitalino,  por más de un siglo y medio; un valor cultural (agregado al arquitectónico) por  el que vale la pena conocerlo.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

 
 

Por  Andrés Fernández, arquitecto e historiador / Fotografía: Germán Fonseca.