La eterna morada de los otros El Cementerio Extranjero de San José
Icónico del perfil urbano josefino, ese camposanto es testimonio de la construcción de la tolerancia religiosa en nuestro país.
De paso por nuestro país, entre 1853 y 1854, los alemanes Moritz Wagner y Carls Scherzer, dejaron como testimonio de su viaje el libro La República de Costa Rica en la América Central.
En él, refiriéndose a los cristianos no-católicos, entonces foráneos todos, nos cuentan: “El pueblo honra a los protestantes extranjeros con el mote injurioso de ‘machos’ (mulos) porque los considera, respecto a las creencias religiosas, como animales. Por lo demás no existe en la sociedad ninguna repugnancia contra los protestantes.”
“El cementerio protestante se halla al lado del camposanto católico. El Gobierno desocupó este terreno en el año 1850, por diligencias del Encargado de Negocios inglés Sir Frederic Chatefield, para uso de protestantes.”
Inhumando a los otros.
El camposanto a que se referían los viajeros, estaba al oeste del Cementerio General, en la cuña que en dirección a La Sabana forma la confluencia de las actuales avenidas 10 y 12. Debidamente titulado, aquel terreno había sido donado por el gobierno de Juan Rafael Mora con el fin de convertirlo en “cementerio británico”, tal y como consta en la Gaceta del 9 de marzo de aquel año.
Ya en 1848, mientras se revisaba la Constitución y se habría espacio a la tolerancia de la práctica de otros credos religiosos, entraba en vigencia el tratado de amistad y comercio con las ciudades de Lubeck, Bremen y Hamburgo, mientras que en 1849 se firmaba uno similar con Inglaterra. De ahí que fuera el Encargado de Negocios inglés quien intercediera ante Mora con ese objetivo, y obtuviera así un “cementerio británico”.
De británico a protestante.
Reciente aún la Independencia, los primeros inmigrantes no españoles en llegar aquí habían sido británicos. Atraídos por el oro encontrado en los Montes del Aguacate, en 1822 varios de ellos obtuvieron del gobierno el derecho de explotar el mineral de esas montañas.
Para 1840 habían llegado ya suficientes alemanes como para que la presencia protestante en el país empezara a diversificarse. Ese flujo de población nórdica, ligada esencialmente al comercio y a la tecnificación de la industria del café también, sirvió en buena medida de estímulo a la creación del cementerio dicho.
A lo anterior, cabe sumar dos circunstancias. Por un lado, la influencia conjunta que personajes protestantes tan influyentes como eran los ingleses y alemanes en el desarrollo productivo del país, podían tener sobre las autoridades costarricenses; y por otro, que esas mismas autoridades no desearan un conflicto con el catolicismo por tratar de secularizar los otros camposantos.
Según el investigador Wilton Nelson, discretamente aunque con toda libertad, se celebraban ya en San José cultos protestantes en casas particulares, pues no fue sino hasta 1865 que se contó con una capilla propiamente dicha para ese menester.
Hasta entonces, tanto el culto como los rituales fúnebres habían sido atendidos por laicos, pero en 1869 llegó a la ciudad el primer ministro protestante. A su vez, el inicio de los trabajos del ferrocarril al Atlántico un par de años después, diversificó aún más la presencia protestante con la llegada al país de los norteamericanos encargados de ello; mientras que esa misma obra atraía también a los primeros judíos sefarditas, provenientes casi todos de Panamá y las islas caribeñas de Jamaica, Curazao y Saint Thomas.
Quizá por esa razón, y en paralelo con la promulgación de la ‘Ley de Garantías Individuales’ que legalizó por fin la libertad de cultos en Costa Rica, fue que el gobierno del general Tomás Guardia, en 1877, cedió a los credos no-católicos una parcela de terreno más grande que la original para destinarla a cementerio, la que funciona aún como tal.
De protestante a extranjero
Ubicado al noreste del principal camposanto josefino, e igualmente frente a la avenida 10 o de los cementerios, entre calles 18 y 20, el Cementerio Extranjero empezó a llamarse así conforme se hizo evidente que quienes hacían uso de él, no eran solamente ya los protestantes; hecho que por demás vino a ratificar la secularización de esos espacios en 1884, como parte de las leyes liberales que entraron en vigencia entonces.
De los cinco principales cementerios capitalinos, el Extranjero es el más pequeño. Actualmente cuenta con casi cuatro mil metros cuadrados apenas, habiendo perdido casi la mitad de su área original en virtud del reordenamiento urbano y vial de la zona en que se encuentra. Está dividido en cinco cuadros principales, cuatro de los cuales tienen por centro un pequeño quiosco octogonal y prefabricado de estética victoriana. Cada quiosco, a su vez, está rodeado por varias araucarias que caracterizan al lugar.
Sin embargo, desde hace años ya que el Cementerio Extranjero dejo de ser exclusivo de protestantes, foráneos o no, de judíos sefarditas o afiliados a la masonería, y por eso podemos encontrar igualmente entre su lapidaria, aunque en mucha menor medida, la presencia de católicos costarricenses o extranjeros; lo que demuestra una vez más que ese camposanto ha sido un espacio de tolerante convivencia entre distintos cultos religiosos en suelo capitalino, por más de un siglo y medio; un valor cultural (agregado al arquitectónico) por el que vale la pena conocerlo.
*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.
Por Andrés Fernández, arquitecto e historiador / Fotografía: Germán Fonseca.