Big Foot recibió al espectador en Valoarte del 2011. Igual que él, a Valoarte le fueron quedando pequeñas las salas de exhibición en el país. Incluso la Antigua Aduana apenas pareció dar la talla en esta novena edición.
La pintura fue reina en la muestra que estuvo montada del 7 al 29 de setiembre. También hubo algo de escultura, fotografía y grabado; poca instalación y poquísimo video. Se exhibieron 323 obras, principalmente de costarricenses si bien la exposición reunió artistas de 20 países.
Valoarte no siempre dio pasos grandes; más bien tuvo un inicio humilde, “pulgaresco”, si se quiere. En el 2003, su año inaugural, debió colgar las obras en el salón de un hotel, con paneles ajenos y luces prestadas. La organización producía el evento a punta de “porfavores”, pero las ventas fueron sorprendentemente exitosas. Desde entonces ha sido la principal fuente de financiamiento del Hogar Siembra, una organización que desde 1983 les da un hogar transitorio a niñas y adolescentes en alto riesgo social. Karen Clachar, artista y directora de Valoarte, cuenta que las responsabilidades de la exhibición han excedido con los años la sola venta de obras para recaudar fondos. Hoy es el evento de artes visuales más grande de Centroamérica.
La continuidad de Valoarte se dio por el trabajo perseverante de la organización, pero su crecimiento, según Clachar, se lo deben a que existía un vacío que llenó la exhibición. En otras palabras, la directora del encuentro afirma que Valoarte creció porque el medio así se lo exigió.
Una instalación monumental del artista nacional Rodolfo Siliézar cierra la exposición. No hay sutileza en el mensaje: este encuentro de arte contemporáneo es grande desde la entrada hasta la salida. Piezas gigantes de maderos quemados cerraron una exhibición que es casi inabarcable en una sola visita. La obra sin título de Siliézar no es punto de cierre, sirve mejor como puntos suspensivos.
Lo que más brilló
Una buena cosa de asistir a Valoarte, es que el sistema de selección de obras permite un ejercicio poco común en una sola sala de exhibición: confrontar el trabajo de los pesos pesados con el de nuevos artistas. Ahora bien, Joaquín Rodríguez del Paso, artista y jurado del concurso para la selección de la muestra, nos recuerda que aquí entra el juego el coleccionismo. Esta advertencia significa que los artistas envían piezas que consideran que podrían ser “sexys” para un eventual comprador.
“Esto no es una bienal y no podemos guiarnos con parámetros de experimentación radical, porque el evento se desvirtúa. Si vos presentás, por ejemplo, obras que no se pueden conservar ni vender, tus obras se ven desfavorecidas. Eso lo tienen claro los artistas”, explica Rodríguez.
Con este panorama en mente no extraña que los galardones de la muestra fueran acaparados por la pintura casi en su totalidad. El gran premio del concurso fue merecido por el colectivo W (Vinicio Jiménez y Paz Ulloa) por su obra O. El cuadro fue trabajado en acrílico sobre tela en gran formato y reproduce dibujos de decenas de objetos de la cultura popular ordenados alrededor de una especie de vórtice en el centro de la tela. El exceso de figuras refiere al horror vacui (miedo al vacío), pero la limpieza de las líneas con la que están dibujadas y los poquísimos acentos de color también hacen –contradictoriamente– que el cuadro parezca muy limpio y minimalista.
El segundo lugar del concurso fue ganado por Laurence Brown por Este no es el típico pinto. La obra es una pintura en acrílico hecha sobre la base de una impresión digital con la imagen de un gallo pinto. El artista pintó formas geométricas regulares e irregulares sobre la fotografía lo cual confunde la percepción entre el fondo y los colores superficiales. El artista explica que visualizó su obra al mismo tiempo como un bodegón (el platillo típico) y como un paisaje (sugerido por la pintura) lo cual hace que la imagen se funda en “un solo plano de abstracción”.
Alex Fabián Monge fue el ganador del tercer lugar por sus obras Reflejo (Homenaje a Gustav Klimt) y Retrato de un personaje interesante. Ambos acrílicos hacen un guiño a la historia del arte –uno al pintor austriaco Klimt y otro al cubismo–, pero al mismo tiempo rompen las convencionalidades que la ortodoxia dicta para el género del retrato.
Las menciones honoríficas del concurso fueron dedicadas a Diana Barquero y Ana Lourdes Gutiérrez.Coincidencia 2, la obra de Barquero, propone dignificar mediante la pintura al fotograma efímero de una película. Gutiérrez propuso un políptico fotográfico en el que usa la arquitectura como medio para crear figuras simétricas y sugerentes en dos dimensiones.
En total se presentaron a concurso 348 trabajos de 174 artistas. Finalmente, la muestra agrupa a 45 creadores que muestran 61 piezas que fueron seleccionadas por los jurados Carla Tesak (El Salvador – Estados Unidos), Joaquín Rodríguez del Paso (Costa Rica) y Emiliano Valdés (Guatemala).
*Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la revista impresa.