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El barrio que es un parque
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Por Revista Su Casa
Publicado el 08/24/2011
 
Hay pocos lugares donde, de forma tan evidente, el espacio público influye en la identidad local.

Sucasa 62

                 

El barrio que es un parque
 

 

El barrio que es un parque
 
Hay pocos lugares donde, de forma tan evidente, el  espacio público influye en la identidad local. En Alajuela -que no deja de ser  pueblo ni alcanza a ser ciudad- el Parque Central cinceló su historia a partir  de hitos arquitectónicos, tertulias y chispa intelectual.

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De lo rural a lo  urbano:
  las diversas costa  ricas de Francisco Coto

La historia gráfica de la Costa Rica de 1940 a 1990  se puede conocer a través del lente de este fotógrafo nacional. De lo rural a  lo urbano, Coto nos muestra aquí las transformaciones de un país contrastante.

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El barrio que es un parque
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El barrio que es un parque

Hay pocos lugares donde, de forma tan evidente, el espacio público influye en la identidad local. En Alajuela -que no deja de ser pueblo ni alcanza a ser ciudad- el Parque Central cinceló su historia a partir de hitos arquitectónicos, tertulias y chispa intelectual.

         
Anda sin apodo, lo que en Alajuela es como andar medio chingo: a don Ernesto Alfaro lo conocen como Ernesto Alfaro. “¿Y eso por qué? Diay, pregúntele a los del parque. Al rato me tienen uno y no me he dado cuenta”.

Últimamente se le ha hecho costumbre, sobre todo después de ganar el Premio Nacional de cultura popular tradicional en el 2002 por dedicarse al rescate de la historia detrás de hitos alajuelenses como los apodos, el Mercado Municipal, la Catedral y el Parque. Su Parque. Y de todos los alajuelenses.

En torno al Parque Central (nombre oficial: Plaza del benemérito General Guardia, apodo: Parque de Los Mangos)  y en largas tardes de tertulia, como las que sostenía don Ernesto a punta de lengua o guitarra, fue concebida la identidad local, cargada de ingenio lingüístico y una historia larga, larga... Larga como chiflido de lechero.       

Historia vieja
         
Don Ernesto creció en las cercanías de Plaza Yglesias (donde germinó el club de fútbol Liga Deportiva Alajuelense), en lo que vendría a ser la periferia del centro del cantón. Recuerda con nostalgias lo que dejó de ser la Alajuela de mediados del siglo pasado. Sin embargo esa Alajuela también se había gestado sobre otra.      

“Alajuela era un lugar donde la población no pasaba de 268 personas, regados en cinco pueblos: los Targuaces, Ciruelas, Púas, Río Grande y La Lajuela, que era el centro rodeado por los otros puntos”. Marvin Bonilla es profesor e investigador de la cultura y la historia local.  Solo basta imaginar lo que Bonilla dibuja con palabras: campesinos pobres, descalzos, sin mulas ni caballos para atravesar los  peligrosos 10 kilómetros que separaban al nuevo asentamiento de la iglesia más cercana y de las autoridades de gobierno de las que dependía, en Villa Vieja de la Inmaculada Concepción de Cujubuquí, hoy Heredia.

 “Juan Manuel López, cura de Heredia, veía como un problema que el alajuelense estuviera muy sin Dios. Preocupado, le manda una carta a Esteban Lorenzo y Tristán, que era el obispo de Costa Rica y de Nicaragua, y le deja ver la inquietud y la preocupación tan grande que él tenía. Incluso dice que habían mujeres y hombres que desde el bautismo no iban a una iglesia. Algo terrible para una sociedad eminentemente religiosa”.       

“Eso fue el 18 de setiembre de 1772. Tristán inmediatamente responde que hay que buscar un lugar para crear un espacio de oración.”

La propuesta se convierte en un centro de oración en parte de la casa de don Dionisio Oconitrillo, pocos metros al norte de donde se ubica actualmente la Catedral. La fecha de la bendición, un 12 de ocubre de 1782, es considerada tradicionalmente como la fecha de fundación de Alajuela, aunque esta no se daría aun.       

Árbol que nace torcido
         
La vida en Alajuela gira alrededor del parque. Allí se dan todavía las discusiones políticas, económicas, futbolísticas y hasta chismísticas. Antes, todo lo que usted quería conocer de Alajuela lo conocía en el parque”. Bonilla  lo explica, y la explicación es atemporal. En torno a la plaza y en esta misma ya se tomaban en el siglo XIX las decisiones más importantes.Ya en 1890 fue diseñado por fin como parque y alimentó, de forma centrífuga, el desarrollo de la identidad y del cantón mismo.

Pero faltaba algo para terminar de erigir el parque, al menos físicamente. Y no es que los higuerones sembrados en el parque no pegaran, todo lo contrario. Comenzaron a crecer en demasía y ya sus raíces rompían el diseño hecho con piedra cartaginesa. De ahí que tomaron la decisión de sustituir estos árboles por mangos, de fruto tan apetecido como su sombra. Nadie hubiera apostado el bigote a que a Alajuela se le terminaría llamando Ciudad de los Mangos. Y que entre mangos y “manudos”, la anécdota seguiría confabulando con la historia misma y calando tanto como El Erizo o la cúpula de la catedral.       

El corredor del corazón
         
La tertulia es una apropiación del pasado más allá de un criterio académico contemporáneo. Hace que las cosas sean incorporadas casi de forma sanguínea para no perder las tradiciones”. Jorge Arroyo también es dramaturgo pero dice estas palabras como el investigador que no deja de ser nunca. La carga emocional está ahí en su casa en remodelación, mientras conversa, pero más aun en el cercano Parque Central que encarna la historia de Alajuela en cada poyo, charla y chota.

Sobre todo desde este espacio, ubicado entre avenidas 0 y 1 y calles 0 y 2, el urbanismo y la arquitectura delinearon, como pocas veces con tanta evidencia, los modos de encuentro social, cultural y hasta romántico. “La distribución de la ciudad seguía el patrón español de ubicar los edificios religiosos, políticos y civiles muy cerca”, añade. “La Avenida 3, incluso, era la Calle Real, la principal vía de la ciudad y por mucho tiempo fue parte de la carretera Panamericana”.       

El espacio urbanístico alajuelense, principalmente concentrado en torno al parque, dotó de un espacio natural de encuentro que inclusive llegó a concretar la identidad local. Que llegó -más importante aun que todas las efemérides y edificios patrimoniales- a ser algo así como el corredor del corazón. “Muchos alajuelenses nacieron de una mirada aquí, en el Parque Central”. Don Ernesto recuerda cómo cuerdeaba a las chiquillas en “la famosa vuelta”: caminar alredor del parque, los hombres en un sentido y las mujeres en otro. “En cada vuelta nos encontrábamos. Entonces ahí se cuerdeaba y cuando había un chance, cuando el hombre calculaba que ya la tenía conquistada a la chiquilla –se saborea las palabras antes de soltarlas-... ¡Pum!, le caía”. En ese entonces sí que le zumbaba el mango.

*Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la revista impresa.       

Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.com  / Fotografía: Osvaldo Quesada / Fotografía histórica: cortesía de MHCJS y Jorge Arroyo.

   

De lo rural a lo urbano: las diversas Costa Ricas de Francisco Coto

Galería de fotografías



Entrevista con Alberto Coto

La historia gráfica de la Costa Rica de 1940 a 1990 se puede conocer a través del lente de Francisco Coto. En esta entrevista, Alberto Coto nos habla de su padre y la curaduría de esta exposición retrospectiva.

 

 

De lo rural a lo urbano:
las diversas Costa Ricas de Francisco Coto

La historia gráfica de la Costa Rica de 1940 a 1990 se puede conocer a través del lente de este fotógrafo nacional. De lo rural a lo urbano, Coto nos muestra aquí las transformaciones de un país contrastante.

La fotografía tiene la particularidad de que realizada por un creador, puede volverse también documento insobornable, testimonio de época.
En manos de un artista, la cámara fotográfica puede ir más allá del arte mismo, para volverse además instrumento de registro de aquellos hechos históricos que, por diarios, se vuelven menos perceptibles conforme avanza el tiempo.

Un fotógrafo costarricense

Caso extraordinario de ello, el itinerario vital de Francisco Coto, fotógrafo costarricense cuyo legado hoy puede leerse retrospectivamente como una historia gráfica de la Costa Rica de las décadas que van de 1940 a 1990.
La Costa Rica que Francisco Coto comienza a retratar, era la de don León Cortés Castro y el doctor Calderón Guardia; una república patriarcal aún pero políticamente liberal ya sólo de un modo formal, y cuyo esquema social y productivo estaba evidentemente en crisis.
Aquella era una Costa Rica que fijaba su atención esencialmente en la histórica Tiquicia, la mítica “isla de montaña” del llamado Valle Central; una sociedad donde lo rural no se distinguía mayormente de lo urbano más que en la ciudad capital.

La patria profunda

Mas esa patria profunda en realidad, iba más allá del valle y allí va Coto a retratarla tan pronto como puede. Si de niño le fueron habituales las zonas rurales, donde comenzó su interés por ellas, de fotógrafo ya va a volver por esas sendas con su cámara a cuestas; y entonces el centro urbano se prolonga en el campo que lo sustenta, en las montañas y volcanes que lo velan, en las llanuras que lo cercan y en las costas que lo bañan a lo lejos, y de todo aquello van surgiendo imágenes en las que la Costa Rica imaginada por el tico del centro, empieza a volverse también el país plural de los otros costarricenses: se va volviendo otras costas igualmente ricas.

Coto no es sólo el artista de estudio, espacio que le brinda subsistencia y renombre, sino que es también –y sobre todo, me atrevo a afirmar– el explorador de espacios hasta entonces inéditos para nuestra gente, es el cazador de instantes históricos que congela con suma perspicacia: la llanura y la costa pacífica del sur y del norte, el puerto caribeño en su desempeño, el trabajo de los campos y de los muelles, la electrificación en ciernes y el avance del automóvil como medio de transporte privado, la industria sin industrialización pero con trabajadores industriales, la ruralidad que sin retroceder mira a la ciudad que se verticaliza porque cree que así se moderniza frente a aquella… y por sobre todo y ante todo, la gente, los costarricenses en su multiplicidad étnica y sociológica, es decir, cultural: fotografía de rostro humano, de espacio habitado y en constante cambio vital.

Fotografía de rostro humano

Vitales también, por eso mismo, se vuelven sus autorretratos. En ellos, vemos al fotógrafo, al artífice que trabaja con la luz revelándola entre sombras, junto a sus instrumentos de trabajo –las cámaras, los trípodes, su auto-estudio…–, aquellos en que se prolonga su persona y su creativa personalidad se desarrolla generosa para cuanto y cuantos le rodean.
Bien mirado, no puede ser de otra manera. Mirada tan certera como la suya, no puede si no provenir de un artista visual que enseña a mirar con su arte.
Mirada de medio siglo, mirada a la llamada “modernización” de Costa Rica, certero vistazo a lo que fue y a lo que ha sido un proceso histórico de múltiples escenarios y circunstancias sociales, gracias a los cuales la visión de la nación sobre sí misma se ha ensanchado, se ha vuelto poco a poco más inclusiva, se ha diversificado y ha visto que esa diversidad descubierta la enriquece, como enriquece todo lo humano cuando deja de sernos ajeno.

Por eso, el aporte de Francisco Coto a la cultura costarricense que hoy se pone de manifiesto en esta exposición retrospectiva, es invaluable. Porque las imágenes en que se plasma su legado artístico demuestran –por si pruebas de ello faltasen en la historia– que en efecto el arte fotográfico puede ir más allá del arte mismo, para volverse además instrumento de registro de aquellos hechos que, solo con el tiempo, podemos considerar testimonio de nuestro ser nacional en perenne fugaz movimiento.

*Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la revista impresa.

Por Andrés Fernández, arquitecto y escritor.

Fotografías cortesía de Andrés Fernández