Sucasa 61
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Puerto de oro y jaguar |
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La conquista chiricana | |
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Los coligalleros | |
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La tierra de todos Miguel Azofeifa recuerda a Ernest Hemingway. Su barba y su oficio aventurero -es pescador y fue orero, mecánico, carpintero, albañil, agricultor y vendedor de pipas junto a su papá- parecen de ficción. Como en Hemingway. “Yo llegué cuando estaba la Osa Forestal (finales de 1960). Leer más aquí... | |
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El otro tesoro “Entonces las costumbres que habían eran de chiricanos: las comidas, las fiestas, los santos que se celebraban: Santo Domingo, San Juan. Hasta el día de hoy se celebra el día de San Juan”, cuenta doña Salma. Leer más aquí... | |
![]() | La soledad del oro En el río Carate, en las cercanías del Parque Nacional Corcovado, decenas de oreros se ganan la vida volteando la arena del cauce para conseguir el sustento cotidiano, el guaro para las noches y algo con qué salir al pueblo o a visitar su familia. Leer más aquí... |
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Por: Randall Zúñiga, periodista / Fotografía: Rónald Pérez | ||
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| La conquista chiricana “La mayoría de la gente es originaria de Alanje, en David”. Doña Lidieth Francesqui conversa con libros de historia panameña abiertos sobre la mesa. Sus abuelos, por parte de padre y de madre, eran chiricanos. “Al igual que todas las familias fundadoras de Puerto Jiménez. Mi familia llegó hace poco más de un siglo, a finales de 1800, pero ya habían otras gentes”. Es tercera generación de un grupo mestizo de Chiriquí que huía de la guerra colombiana que a la postre traería consigo la independencia de Panamá. Que emigraban también buscando tierras, ante la acumulación por parte de grandes hacendados al oeste de la nueva nación pinolera. El sur costarricense era una región inhóspita que solo los indígenas conocían y caminaban a sus anchas. Precisamente el Golfo toma su nombre del cacique Osa, cuyo asentamiento estaba en Punta Burica. Ni siquiera los españoles se asentaron dado lo desolado y el temor a estar acorralados por tribus, pumas y jaguares. Pero la ascendencia de doña Lidieth no tuvo reparos en colonizar el perímetro de la península de Osa e incluso un poco más “arriba”. “Estuvieron (los chiricanos) en toda la costa, en Drake, Quepos, hasta en Puntarenas. El gobierno de Costa Rica estaba preocupado porque estaban adentrándose los panameños. Y no solo ahí, en Zancudo, Potrero Grande...” Sigue enumerando y recordando las historias de sus papás y un documento que atesora: “en 1847 el gobierno envió a la zona un jefe político, como se llama en aquel entonces: Juan Mercedes Fernández, a poner orden. Yo tengo copia del acta. Es de 1847”. El pueblo estaba asentado originalmente en Punta Arenillas, nombre que hace referencia directa a Puntarenas, el vínculo directo con el resto del país adonde se iba únicamente en bote. “En una de esas, en un terremoto, se hundió la punta, que era el espacio más grande. Se vinieron para lo que llamamos Pueblo Viejo, que se llamó Santo Domingo del Golfo Dulce, hacia el este”. Y volvieron a chocar las placas. “Fueron perdiendo terreno otra vez e idearon venirse adonde ahora está Puerto Jiménez. Ya tiene casi 100 años de estar ahí. A Dios gracias ahí no ha sucedido nada todavía”. Cuando se estableció en el lugar donde se mantiene hasta la fecha, el gobierno de Ricardo Jiménez diseñó un plano con calles grandes para nueve cuadras. Aun entonces era una aldea. El nombre, sugiere Fransesqui, es en agradecimiento al presidente. Aun en las primeras décadas de siglo veinte pocos costarricenses se animaban a ingresar en la zona fuera de los indígenas. “¿Por qué razón no llegaban los ticos? Es una cosa lógica: no había carretera. La Interamericana tiene 50 años si acaso. Los indígenas todo eso se lo caminaban, pero los de la meseta no llegaban hasta que vino la bananera. Eso impulsó que llegara gente a la zona sur”. Cuando la United Fruit Company estaba por dejar su enclave en el Caribe costarricense, se planteó desarrollar su industria bananera en la península. Compró tierras, hizo oficinas en el centro de Puerto Jiménez y empezó a hacer pruebas. Corría la década de 1920 y la United se había equivocado: Las tierras más aptas para el cultivo estaban en la costa de enfrente, en lo que sería Golfito. La empresa emigró dejando únicamente sus instalaciones administrativas. Ah, y vastas regiones abandonadas... *Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa. |
Por Randall Zúñiga | ||
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Los coligalleros “Ellos me cuentan que solo había unos poquitos ranchos en ese tiempo, y donde una señora que hacía almojábanos habían unos cuartos de alquiler. Ahí se hospedaron y empezaron a organizarse para caminar toda la montaña buscando oro”.Desde Puntarenas y desde David llegaban costarricenses, panameños, nicaragüenses y estadounidenses atraídos por el brillo que antes cegaba en el lejano oeste. Polanco nació en Río Tigre, al norte de Puerto Jiménez, adonde la familia se trasladaría para cambiar de oficio. “Mi mamá, cansada de andar las montañas, dijo: No más, vamos a ponernos un comisariato. Y se establecieron en Río Tigre. Ahí empezaron a llevar mercadería y cobraban con oro”. Luego compraron una casa y un aserradero en Jiménez para que Salma y sus hermanos fueran a la escuela Saturnino Cedeño, que había construido la bananera en su fallida incursión. “En aquellos tiempos las calles eran de zacate”, recuerda Polanco. “Era muy pequeño el pueblo: todas las familias nos conocíamos. Estaban los Quintero, los Cevallo, los Aguirres, los Chavarría pobres y los Chavarrías ricos, la familia Pinzón, los Lescano, los Francesqui… Unas 25 familias…” La llegada de oreros artesanales a la zona poco impacto social tenía, más allá del establecimiento de bares y el auge de los vicios. Sin embargo, cerca de 1950 la mayoría de las tierras de la United había caído en manos de la Osa Forestal, que pretendía crear un centro de explotación maderera. La Osa abrió caminos en Rincón (donde se establecieron y queda aún un helicóptero abandonado), playa Blanca y el Cedral, entre otros. Esto, junto con la fiebre orera llegando a oídos de empresas con tecnología y la creación de la carretera Interamericana, aceleró las migraciones. Y las migraciones, a su vez, la invasión de tierras. *Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa. |
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Por Randall Zúñiga |
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La tierra de todos Miguel Azofeifa recuerda a Ernest Hemingway. Su barba y su oficio aventurero -es pescador y fue orero, mecánico, carpintero, albañil, agricultor y vendedor de pipas junto a su papá- parecen de ficción. Como en Hemingway. “Yo llegué cuando estaba la Osa Forestal (finales de 1960). Uno salía solo en lancha para Golfito y en avión. Todo se movía por el mar y el aire”. Su casa es una de las que quedó en pie luego de la partida de la Osa. La empresa “tenía una trocha que rompió hacia San Juan, nada más. Pero era un filón arriba, horriblísima. Entrábamos con un camión grande y un tractor. A maderear entrábamos. Pero era muy poquilla la madera que sacaba la Osa”, reconoce. Aunque el impacto ambiental nunca llegó a ocurrir, fue por el conflicto social que estalló antes. “El despelote empezó cuando la gente de aquí y todos esos empezaron a meterse al lado de arriba (la montaña) y a voltear el montón de árboles. Y empezaron a traer gente de afuera, en botes. Entonces se le puso muy feo a la Osa contenerlos”. El pleito que cuenta Azofeifa se desencadenó cuando los terrenos abandonados por la United fueron ocupados poco a poco por oreros, madereros y campesinos, mientras que la Osa exigía al gobierno el derecho sobre ellos. El desenlace: el Estado expropiando y reubicando a trabajadores y precaristas. Algo que se repetiría de forma muy similar con la creación del Parque Nacional Corcovado (1975), y los intentos de la compañía papelera Ston Forestal S.A., subsidiaria de la estadounidense Stone Container Corporation, de poner una planta astillera en la península en los noventas. *Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa. |
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Por Randall Zúñiga |
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El otro tesoro “Entonces las costumbres que habían eran de chiricanos: las comidas, las fiestas, los santos que se celebraban: Santo Domingo, San Juan. Hasta el día de hoy se celebra el día de San Juan”, cuenta doña Salma. Polanco es miembro de la Asociación de Desarrollo de Jiménez, encargados de organizar las fiestas cada año. “Las fiestas de San Juan son ahora más parecidas a las de Costa Rica, donde hacen un gran turno. Pero entonces cuando yo estaba chiquilla eran prácticamente para celebrar a caballo”. Doña Salma, doña Lidieth -presidenta de la Asociación-, y otros vecinos buscan mantener vivas las tradiciones del pueblo, más allá del cambio que han supuesto los últimos 30 años. La apertura de la Interamericana, las luchas contra empresas madereras y la creación del parque nacional han supuesto un cambio repentino mayor a los demás en todos los años de historia del lugar. En buena medida es la belleza escénica y la riqueza biológica de la zona (5% de la biodiversidad mundial) casi intacta durante cientos de años, el valor mayor de la península. “Hace 20 años empezaron a haber turistas de aventura y científicos que se interesaron en la fauna y en la flora, se escribieron libros, tesis de grado, sobre todo lo que había ahí”, añade Francesqui. El viraje hacia el turismo reclama, ahora más que nunca, la necesidad de conservación. No solo por valores éticos o ecológicos, sino también económicos. Además, la riqueza cultural. “Ahí estamos también, no dejando que se muera ese pedacito de historia, de cultura de este pueblo”, añade Polanco. *Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa. |
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Por Randall Zúñiga |
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La soledad del oro Rolando Díaz "Cuba" y Adrián Torres "Loro" mueven piedras, escarban y catean. Además, conversan. |
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Por Randall Zúñiga |
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La soledad del oro Rolando Díaz "Cuba" y Adrián Torres "Loro" mueven piedras, escarban y catean. Además, conversan. |
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Por Randall Zúñiga |
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