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Bajo el sol de Pacacua
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Por Randall Zuñiga
Publicado el 05/3/2011
 
El cantón de Mora y su centro, Ciudad Colón, se remozan de la mano de la memoria, el trabajo y la cultura.

Sucasa 60


Bajo el sol de Pacacua


 

Bajo el sol de Pacacua

El cantón de Mora y su centro, Ciudad Colón, se remozan de la mano de la memoria, el trabajo y la cultura.

Se acerca el mediodía. Hace calor afuera, pero a medio camino entre la estantería de libros infantiles y el patio de la biblioteca, doña Flor María Zumbado empieza a conversar emocionada. “Nunca me habían preguntado cómo era el pueblo antes”, confiesa. El calor se disipa mientras cuenta de las pozas del río Pacacua adonde se iba a bañar con su familia o del día cuando pusieron tuberías. Es viernes. Hoy le toca contarles un cuento a los niños que lleguen a su biblioteca, adonde está desde hace 23 años. Lleguen dos o lleguen 15, todos los viernes cuenta un cuento. Aunque nunca nadie le había pedido que contara el de cómo era su pueblo cuando ella crecía.

La historia de la poza y el jícaro

Antes, las lavanderas se apostaban a orillas del río Pacacua y en las pozas los bañistas convertían el límite oeste de Villa Colón en un balneario. “Cada uno tenía su poza”, recuerda Zumbado.

No cuesta imaginar los bejucos con chiquillos colgando hasta medio río cuando el sol apretaba, ni cómo se multiplicaban las ventas de la refresquería de doña Petronila Aguilar bajo el jícaro del centro de Ciudad Colón. Sentada bajo la sombra del mercado viejo, su nieta Trinidad Arguello recuerda cómo hace más de 60 años la traía y se guarecían juntas bajo el árbol que todavía reina.

Por eso no es de extrañar que en el 2004 haya sido nombrado por el Instituto Nacional de la Biodiversidad (INBio) como árbol excepcional, “por su importanica histórica y etnobotánica”, como reza una placa, y que el “¡Diosguarde apiarlo!” sea unánime.

Allí, alrededor del jícaro, se irían congregando no solo mercaderes y vecinos, sino los edificios más representativos del pueblo.

La casa de adobe y otros relatos

A la par de ese primer mercado hecho de sombra, ya para inicios del siglo pasado estaba en funcionamiento el alero del ahora llamado Mercado Viejo, declarado patrimonio historico-arquitectónico y convertido en un espacio multiuso luego de su restauración. Junto a este, el arquitecto José María Barrantes edificó la escuela (antes municipalidad y ahora Casa de la Cultura).

“Ahí fue maestra y directora mi mamá”, recuerda don Alcides Jiménez, sentado a la par de su casa-al costado de lo que fue centro educativo-, una recién remozada vivienda de adobe de la que le gusta conversar.

También de adobe era la antigua iglesia
, demolida para construir en la década de los setentas el actual templo católico. “¡Chará esa iglesia!”, exclama doña Trinidad. “Yo no sé por qué la apiaron. Viera qué linda. ¡Maciza estaba! La iglesia vieja tenía unas torres... diga usted que está viendo la de Puriscal. ¿Conoce la de Puriscal?. Así era: tenía muchas ventanitas de colores, redondas. Muy linda. Yo me casé en esa iglesia. Y yo tengo ¿qué?, 46 años de casada. Me gustaba como era antes, esta no”.

A las pavimentadas les llamaban calles ronda, como a los senderos de las fincas. Y no era para menos: “Ciudad Colón era un lugar de zacate, con casitas de madera muy insignificantes”, recuerda José Luis Jiménez, hijo adoptivo del cantón y arquitecto encargado de la mayoría de las obras de renovación urbana y restauración arquitectónica.

En la biblioteca Doña Flor sigue recordando, como abriendo una gaveta olvidada de la cómoda, mientras el sol de mediodía apunta directo. “Mi papá era boyero, boyero de jalar tablones. Y me acuerdo de la forma en que los jalaban: los amarraban directamente del yugo de los dos bueyes y ahí lo jalaban por laderas, por todo lado. Hasta sacarlos adonde los recogían los carros”, relata. “Las carretas eran los taxis de carga, transportaban de todo: arena, piedra, sacaban la madera para las casas... Mi primera casa fue construida así...” Luego rebobina un poco más. “¡Qué de cosas!: pulperías, payasos (no mascaradas –enfatiza-), ranchos de techito de paja, turnos, muchos árboles, casas de bajareque (que todavía habían bastantes), calles sin tendido eléctrico…”

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.com / Fotografía: Osvaldo Quesada / Fotografía histórica: colección de Virginia Coto, cortesía de la Biblioteca Pública

   
     
 

Artesanía local

Doña Norma Villegas, llegó a Ciudad Colón cuando se casó con un local. “Yo soy de San Ramón. Pero me casé hace un montón de años y ya pertenezco a Ciudad Colón, a Pacacua”.

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Cuento corto

Juan de Cavallón fue el primer español en accesar a la región de Pacacua (1560), que para entonces era parte de un reino huetar controlado por el cacique Coquiva.

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Arquitectura centrífuga: del centro histórico hacia fuera

“¡Si yo le enseñara todos los proyectos que tengo guardados, que tengo en el tintero!”, dice el arquitecto José Luis Jiménez.

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Artesanía local


Artesanía local

Doña Norma Villegas, llegó a Ciudad Colón cuando se casó con un local. “Yo soy de San Ramón.

Doña Norma Villegas, llegó a Ciudad Colón cuando se casó con un local. “Yo soy de San Ramón. Pero me casé hace un montón de años y ya pertenezco a Ciudad Colón, a Pacacua”. Hace manualidades, como dice ella, y forma parte de una asociación de artesanos que expone en el callejón del mercado nuevo, en un calabozo rehabilitado del edificio que ocupaba la Guardia Rural y que ahora es Casa de la Juventud.

Don Cayetano Sánchez, en los Altos de Quitirrisí, también es artesano, y aunque se siente mal de la espalda sigue tallando la madera, haciendo canastas y sombreros de bambú, bejuco, jícaras, carrizo o pino, como aprendió de niño. El oficio es común allí, en la reserva indígena ubicada en los cerros, carretera a Puriscal. La venta, en el patio de su casa ubicada 300 norte de la iglesia de San Martín, tiene una ventaja: está en la vía principal. Aun así la avalancha de productos importados ha mermado sus ventas. La misma queja tiene Villegas, como si un eco bajara de los montes hasta el centro.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.com / Fotografía: Osvaldo Quesada / Fotografía histórica: colección de Virginia Coto, cortesía de la Biblioteca Pública

   

Cuento corto


Cuento corto

Juan de Cavallón fue el primer español en accesar a la región de Pacacua (1560), que para entonces era parte de un reino huetar controlado por el cacique Coquiva.

Juan de Cavallón fue el primer español en accesar a la región de Pacacua (1560), que para entonces era parte de un reino huetar controlado por el cacique Coquiva. El pueblo, ubicado primeramente en Tabarcia, fue trasladado al actual asentamiento de Ciudad Colón en el siglo XVI. Allí el centro acogió el nombre de Villa Colón y posteriormente de ciudad, en honor al descubridor de América. Y en honor a los beneméritos Juan Rafael Mora Porras y Juan Mora Fernández todo el cantón fue bautizado como Mora. Pero el nombre de Pacaca o Pacacua, que muchos aseguran significa “lugar rodeado de agua” -difícil de saber cuando ha desaparecido ya el idioma autóctono- continúa perpetuado por una de esas aguas, el río local.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.com / Fotografía: Osvaldo Quesada / Fotografía histórica: colección de Virginia Coto, cortesía de la Biblioteca Pública

   

Arquitectura centrífuga: del centro histórico hacia fuera


Arquitectura centrífuga: del centro histórico hacia fuera

“¡Si yo le enseñara todos los proyectos que tengo guardados, que tengo en el tintero!”, dice el arquitecto José Luis Jiménez. Él y otros vecinos (como Gilberto Monge, actual alcalde) han liderado durante los últimos 7 años el proceso de renovación urbana de Ciudad Colón.

“¡Si yo le enseñara todos los proyectos que tengo guardados, que tengo en el tintero!”, dice el arquitecto José Luis Jiménez. Él y otros vecinos (como Gilberto Monge, actual alcalde) han liderado durante los últimos 7 años el proceso de renovación urbana de Ciudad Colón. El éxito y la apropiación de los espacios por parte de la gente los ha llevado incluso a desarrollar obras en otros distritos de Mora, como Guayabo. Todo a partir de la Asociación de desarrollo específica pro rescate histórico, arquitectónico y cultural del cantón de Mora (ADERHAC), tan relevante en el proceso cuan largo su nombre.

“La idea fue crear parques con carácter de conector, integradores de varias actividades. Eso funcionó muy bien en Villa y empezó a funcionar con el proyecto de Guayabo”, explica Jiménez. En el primero, una calle fue convertida en plaza central. Al costado sur de esta se encontraba el Mercado Viejo, el árbol de jícaro, la Guardia Rural y la Municipalidad. Al otro, la Palestra Cristiana y el templo católico.
“La gente ha ido generando identidad”, afirma, orgulloso, Monge. “Villa Colón era un lugar para dormir. Punto. Incluso había una confusión que se ha ido borrando de que si era de Santa Ana o de Puriscal y eso ha ido cambiando”. Luego confiesa: “Yo amo este pueblo, pero sí debo decir que los más adultos decían: Villa Colón es lindísimo... ¡pero el centro sí es feo! Un mercado cayéndose, unas aceras feas... no había nada”.

La conexión entre todos los hitos locales potenció la renovación de la gran mayoría de ellos. Por ejemplo, la palestra recibió fondos provenientes de la Ley Catedral y se rehabilitó nuevamente como teatro, la Municipalidad (antigua Casa de Enseñanza de Villa Pacacua) se convirtió en Casa de la Cultura gracias al premio conseguido en el certamen Salvemos Nuestro Patrimonio del Ministerio de Cultura y Juventud (2007). Ahora allí se brindan cerca de 100 cursos en áreas como música, danza y artesanía. Además, se gestionaron fondos para restaurar el Mercado Viejo y crear uno nuevo, y el escultor Mario Parra donó su obra Siete güilas y un zagüate -tallada en un guachipelín regalado por un finquero- para sostener una rama del jícaro.

“La arquitectura es una insinuación para que sucedan cosas, porque se hace en función de las actividades que se van a llevar a cabo dentro de un espacio”, explica Jiménez. “Si yo no analizo las actividades que van a suceder allí adentro, ¿para qué carajos voy a hacer el espacio?”, añade. Las necesidades, por supuesto, siempre serán muchas, pero las posibilidades de cambio existen. “Es posible que se transformen espacios, que se tranformen vidas, a partir de ideas y sueños”, concluye Monge. “Y en pequeñito se aprecia más el esfuerzo de tanta gente”.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.com / Fotografía: Osvaldo Quesada / Fotografía histórica: colección de Virginia Coto, cortesía de la Biblioteca Pública