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Amón 7/11: los cuatro fantásticos
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Por Cristina Morales
Publicado el 12/27/2010
 

Virginia Pérez-Ratton dejó un legado cultural que persiste y se multiplica. La fundación y el museo de TEOR/éTica, la boutique Kiosco SJO y el café Kalú conforman Amón 7/11, un proyecto único en Centroamérica.

Sucasa 58


Amón 7/11: los cuatro fantásticos


Amón 7/11: los cuatro fantásticos

Virginia Pérez-Ratton dejó un legado cultural que persiste y se multiplica. La fundación y el museo de TEOR/éTica, la boutique Kiosco SJO y el café Kalú conforman Amón 7/11, un proyecto único en Centroamérica.

Se sabe que el todo es mucho más que la suma de sus partes, y de esta sinergia se aprovechan los cuatro espacios que componen el Proyecto Amón 7/11 para transformar el cruce de calle 7 y avenida 11 en un espacio que es meta y punto de partida a la vez para todos aquellos que imaginan una capital creativa, cosmopolita e inteligente.
Museo, fundación, boutique y café son vitrinas de lujo no solo para la creación local en arte, diseño y gastronomía, sino para San José mismo, su arquitectura, historia y ofertas culturales. No se trata simplemente de presentar e impulsar proyectos culturales ya existentes, sino de proponer cambios de estructuras y actitudes en lo que se refiere a la producción e interpretación del arte centroamericano.
Con este fin nace TEOR/éTica hace 11 años, luego surge Bakea, el restaurante gourmet de Camille Ratton, que le prestó una esquina a la tienda de diseño y arte que se independizara para convertirse en Kiosco SJO. El Kiosco devolvió el favor y ahora comparte el espacio con el “hijo” del difunto Bakea, el café Kalú. Es difícil imaginar que este café antes estuviera en Santa Ana, dado que se acopla tan bien al proyecto de rescate del centro de la ciudad que forma la columna vertebral de Amón 7/11. En este ambiente se puede disfrutar de comida contemporánea en el mejor sentido de la palabra: sana, deliciosa y sin ingredientes artificiales.
Este también podría ser el lema que rige todo lo que se hace en Kiosco SJO, la boutique y galería que ha venido marcando tendencias en arte y diseño contemporáneo urbano desde hace tres años. Según explica Juan Ignacio Salom, dueño del lugar, se trata de “minimizar el impacto ambiental al tiempo que se maximiza el impacto social, para que así los productos ayuden a generar una ciudad nueva, diferente, más ecológica.”
Además de funcionar como un espacio en el que un público conocedor puede encontrar arte y arte utilitario de gran calidad, la venta de arte también puede ser una manera de impactar positivamente el entorno, por medio de una política de precios justos, una lista de requisitos ambientales y sociales para los productores que deseen vender sus productos en Kiosco, y la donación de un porcentaje de las ventas a fundaciones como MarViva y la Sociedad Protectora de Animales. El evento que más repercusión ha tenido en materia de impacto social, sin embargo, ha sido la subasta Arte para sanar Haití, que logró recaudar cerca de 15 millones de colones para el trabajo de Unicef en ese país, gracias a donaciones de artistas como José Miguel Rojas, Jose Díaz, Pedro Arrieta y Esteban Fernández.
El arte mismo es el centro de interés de una institución sin la que ya no nos es posible imaginar San José: TEOR/éTica. Desde 1999, esta galería y centro de difusión ha organizado más de 50 exposiciones, dando un énfasis especial a la producción artística costarricense y centroamericana contemporáneas, y funcionando así como contrapeso a la ignorancia y prejuicios que existen todavía sobre el arte de la región. Además de exposiciones individuales y colectivas, TEOR/éTica realiza simposios, convivios, talleres, ciclos sobre coleccionismo, además de editar una serie de publicaciones bilingües sobre arte. Su sede alberga espacios para exposiciones y proyectos, una sala de lectura y una biblioteca abierta al público. El arte que atrae TEOR/éTica es tanto, que suele desbordarse por la fachada del lugar.

En el 2008, poco antes del décimo aniversario de la fundación, el proyecto celebró la apertura de TEOR/Colección permanente, museo que heredó el espacio de Bakea y lo llenó de obras coleccionadas por Vicky Pérez a lo largo de más de 20 años de trabajo como curadora, investigadora y promotora del arte latinoamericano actual. El eslabón final del Proyecto Amón 7/11 es una razón más, si razones faltaban, para darse una vuelta por el barrio histórico por excelencia de la capital. No será la última.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

Por: Cristina Morales / Fotografía: Carla Saborío.

   
   
 

Pasito tuntún

El taller imaginero de los Zúñiga permanece en el barrio San José de Alajuela, donde la matriarca Consuelo Jiménez inauguró, 72 años atrás, la primera fábrica de ‘pasitos’ artesanales de Costa Rica. En un país de mayorías abrumadoramente católicas, el arte religioso subsiste en un eterno presente.

 

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Pasito tuntún


Pasito tuntún

El taller imaginero de los Zúñiga permanece en el barrio San José de Alajuela, donde la matriarca Consuelo Jiménez inauguró, 72 años atrás, la primera fábrica de ‘pasitos’ artesanales de Costa Rica. En un país de mayorías abrumadoramente católicas, el arte religioso subsiste en un eterno presente.

En el pequeño taller las cosas ya no son como antes, pero es que ni siquiera antes fueron como entonces: cuando Consuelo Jiménez López empezó con su fábrica de portales, en 1938, la novedad del negocio vino de la mano de la novedad tecnológica, pues a nadie se le había ocurrido que las pequeñas piezas de la Sagrada Familia se podían reproducir en serie, según las más avanzadas técnicas odontológicas de la época, y que las lecciones dejadas por el molde de una muela podían utilizarse con otros fines de lucro, como reproducir más y mejores vírgenes, santos, ovejas y carpinteros.

En realidad, fue Róger Sandoval, con quien Consuelo Jiménez acababa de casarse, quien trajo al país las innovaciones derivadas de su experiencia en Nueva York como asistente en un consultorio dental. Entre ambos fundan, en 1938, en el barrio San José de Alajuela, el primer taller manufacturero de pasitos artesanales costarricenses, popularizando la adquisición de portales de factura criolla, que hasta entonces eran piezas de muy alto costo. La clase media, iglesias e instituciones se convirtieron en los mayores clientes del negocio, cuyos modelos seguían el canon español. 

Consuelo Jiménez enviuda en el año 46 y, además de la responsabilidad de cuatro hijos, asume la última palabra sobre las decisiones administrativas y estéticas de la empresa. En esos quehaceres conoce al maestro imaginero Manuel María Zúñiga, famoso por sus obras para la iglesia de La Merced, y con quien la viuda contrae matrimonio dos años más tarde, aumentando el patrimonio familiar a cinco nuevos niños.

“Ese fue el cuento”, relata el escultor Franklin Zúñiga Jiménez. “Ella buscó a papá para que le hiciera los moldes que ella necesitaba para seguir fabricando sus pasitos. Él era como 40 años mayor que mamá. Papá tallaba las imágenes originales en madera; ella sacaba los moldes y hacía las copias”.

Muchas de las imágenes que aún hoy se producen fueron tomadas de la talla original de Manuel Zúñiga, quien en ese entonces era un reconocido escultor de santos, cuyas obras religiosas –que se calculan en varios miles– están dispersas en algunas de las más importantes iglesias y catedrales del país, como las de Limón, Alajuela, Moravia y La Merced, en San José.

Arte, amén
Actualmente, doña Consuelo tiene 93 años y ya no se asoma por el taller, solo como invitada de lujo. La casa original de tablones se conserva como sala de exhibiciones, y el resto del lugar ha ido adaptándose a las necesidades de cada época.

“El arte religioso se mueve mucho, lo que pasa es que hay mucha competencia, no solo de artesanos formados aquí, que han abierto sus propios talleres, sino de productos traídos de China. Sin embargo, cuando se necesita un modelo original, lo hacemos nosotros”, explica Franklin, quien comenzó a colaborar en el negocio familiar cuando tenía 10 años.

El taller de arte religioso de los Zúñiga aún conserva cierto espíritu de escuela de artesanos y artistas, aunque cada vez menos. La historia de auténticos artesanos surgidos a su vera pertenece al pasado, como el caso de Ernesto Jiménez, en Río Segundo, o de Francisco Ulloa, en Moravia, que también intentaron consagrarse a este arte en sus propios talleres.

Sin embargo, es justo recordar que Manuel María Zúñiga (1892-1979) no solo fue el padre biológico de Franklin y su hermano Edgar, así como de Francisco Zúñiga Chavarría, uno de sus hijos mayores, sino el padre espiritual de muchos otros escultores, como Juan Manuel Sánchez, Néstor Zeledón, Juan Rafael Chacón y Ólger Villegas.  Su taller fue refugio para la inquietud de artistas jóvenes que más tarde inaugurarían los diversos territorios de la escultura costarricense moderna. 

La venta de unos 60 pasitos al año –los hay desde 20 centímetros hasta 1 metro de altura– apenas contribuye al sustento del taller, aunque permite defender la tradicional firma de los Zúñiga como artistas imagineros. Los dos episodios anuales del catolicismo latinoamericano también renuevan las arcas, pero ni la Navidad ni la Semana Santa, por sí solas, compensan lo que la venta de imágenes grandes y restauraciones producen a lo largo del año. Los encargos especiales son una constante y una “bendición”, pues es la demanda que, por ahora, los artículos chinos no pueden satisfacer.

A manera de ejemplo, Manuel trae una Santa Lucía de medio metro, elaborada en marmolina después de un mes de trabajo. Una imagen estilizada, pulida, sin copias. Graduado de la Universidad de Costa Rica en el 2005 en la especialidad de escultura, Manuel Zúñiga es el primero del clan en graduarse de escultor universitario y, sin embargo, asume con serenidad su destino manifiesto. El universo del taller del barrio San José de Alajuela también es el suyo. “Cuidamos la calidad del trabajo, pues tratamos de vender un trabajo artesanal”, explica. “La mano de obra de uno nadie la puede sustituir. Uno se preocupa de que una cara tenga al menos cuatro colores”.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

Por: María Montero, escritora y periodista / Fotografía: Osvaldo Quesada