Virginia Pérez-Ratton dejó un legado cultural que persiste y se multiplica. La fundación y el museo de TEOR/éTica, la boutique Kiosco SJO y el café Kalú conforman Amón 7/11, un proyecto único en Centroamérica.
Sucasa 58
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Amón 7/11: los cuatro fantásticosVirginia Pérez-Ratton dejó un legado cultural que persiste y se multiplica. La fundación y el museo de TEOR/éTica, la boutique Kiosco SJO y el café Kalú conforman Amón 7/11, un proyecto único en Centroamérica. *Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. |
Por: Cristina Morales / Fotografía: Carla Saborío. |
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Pasito tuntún
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Pasito tuntún En el pequeño taller las cosas ya no son como antes, pero es que ni siquiera antes fueron como entonces: cuando Consuelo Jiménez López empezó con su fábrica de portales, en 1938, la novedad del negocio vino de la mano de la novedad tecnológica, pues a nadie se le había ocurrido que las pequeñas piezas de la Sagrada Familia se podían reproducir en serie, según las más avanzadas técnicas odontológicas de la época, y que las lecciones dejadas por el molde de una muela podían utilizarse con otros fines de lucro, como reproducir más y mejores vírgenes, santos, ovejas y carpinteros. En realidad, fue Róger Sandoval, con quien Consuelo Jiménez acababa de casarse, quien trajo al país las innovaciones derivadas de su experiencia en Nueva York como asistente en un consultorio dental. Entre ambos fundan, en 1938, en el barrio San José de Alajuela, el primer taller manufacturero de pasitos artesanales costarricenses, popularizando la adquisición de portales de factura criolla, que hasta entonces eran piezas de muy alto costo. La clase media, iglesias e instituciones se convirtieron en los mayores clientes del negocio, cuyos modelos seguían el canon español. Consuelo Jiménez enviuda en el año 46 y, además de la responsabilidad de cuatro hijos, asume la última palabra sobre las decisiones administrativas y estéticas de la empresa. En esos quehaceres conoce al maestro imaginero Manuel María Zúñiga, famoso por sus obras para la iglesia de La Merced, y con quien la viuda contrae matrimonio dos años más tarde, aumentando el patrimonio familiar a cinco nuevos niños. “Ese fue el cuento”, relata el escultor Franklin Zúñiga Jiménez. “Ella buscó a papá para que le hiciera los moldes que ella necesitaba para seguir fabricando sus pasitos. Él era como 40 años mayor que mamá. Papá tallaba las imágenes originales en madera; ella sacaba los moldes y hacía las copias”. Muchas de las imágenes que aún hoy se producen fueron tomadas de la talla original de Manuel Zúñiga, quien en ese entonces era un reconocido escultor de santos, cuyas obras religiosas –que se calculan en varios miles– están dispersas en algunas de las más importantes iglesias y catedrales del país, como las de Limón, Alajuela, Moravia y La Merced, en San José. Arte, amén “El arte religioso se mueve mucho, lo que pasa es que hay mucha competencia, no solo de artesanos formados aquí, que han abierto sus propios talleres, sino de productos traídos de China. Sin embargo, cuando se necesita un modelo original, lo hacemos nosotros”, explica Franklin, quien comenzó a colaborar en el negocio familiar cuando tenía 10 años. El taller de arte religioso de los Zúñiga aún conserva cierto espíritu de escuela de artesanos y artistas, aunque cada vez menos. La historia de auténticos artesanos surgidos a su vera pertenece al pasado, como el caso de Ernesto Jiménez, en Río Segundo, o de Francisco Ulloa, en Moravia, que también intentaron consagrarse a este arte en sus propios talleres. Sin embargo, es justo recordar que Manuel María Zúñiga (1892-1979) no solo fue el padre biológico de Franklin y su hermano Edgar, así como de Francisco Zúñiga Chavarría, uno de sus hijos mayores, sino el padre espiritual de muchos otros escultores, como Juan Manuel Sánchez, Néstor Zeledón, Juan Rafael Chacón y Ólger Villegas. Su taller fue refugio para la inquietud de artistas jóvenes que más tarde inaugurarían los diversos territorios de la escultura costarricense moderna. La venta de unos 60 pasitos al año –los hay desde 20 centímetros hasta 1 metro de altura– apenas contribuye al sustento del taller, aunque permite defender la tradicional firma de los Zúñiga como artistas imagineros. Los dos episodios anuales del catolicismo latinoamericano también renuevan las arcas, pero ni la Navidad ni la Semana Santa, por sí solas, compensan lo que la venta de imágenes grandes y restauraciones producen a lo largo del año. Los encargos especiales son una constante y una “bendición”, pues es la demanda que, por ahora, los artículos chinos no pueden satisfacer. A manera de ejemplo, Manuel trae una Santa Lucía de medio metro, elaborada en marmolina después de un mes de trabajo. Una imagen estilizada, pulida, sin copias. Graduado de la Universidad de Costa Rica en el 2005 en la especialidad de escultura, Manuel Zúñiga es el primero del clan en graduarse de escultor universitario y, sin embargo, asume con serenidad su destino manifiesto. El universo del taller del barrio San José de Alajuela también es el suyo. “Cuidamos la calidad del trabajo, pues tratamos de vender un trabajo artesanal”, explica. “La mano de obra de uno nadie la puede sustituir. Uno se preocupa de que una cara tenga al menos cuatro colores”. *Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. |
Por: María Montero, escritora y periodista / Fotografía: Osvaldo Quesada |