En el olvidado barrio puntarenense de El Carmen, las historias, la arquitectura, las mecedoras y hasta los colores evocan un derrotero común: el Pacífico.
Video: Aprovechando el tema del mar y la restauración, recorrimos Barrio El Carmen de Puntarenas con cámara en mano. A través de una secuencia audiovisual le retratamos la zona y su gente.
Barrio del mar
En el olvidado barrio puntarenense de El Carmen, las historias, la arquitectura, las mecedoras y hasta los colores evocan un derrotero común: el Pacífico.
Cada año, de enero a marzo, Chumbaco y Lennar Soto hacen juntos un recorrido de ocho horas para conseguir algo qué pescar, compartiendo juntos varias semanas. El resto del año regresan cada mañana hasta un pequeño desembarcadero en barrio El Carmen, en Puntarenas. Una flecha de arena con la que el tren, las mayores embarcaciones del país, las orquestas y hasta los turistas comehuevos del Valle Central acertaban a la diana cada fin de semana o cada verano. De todo eso apenas queda un recuerdo. Pero en la punta del distrito central de la provincia, aún persiste en los locales una sonrisa grande como la marea. Como para salir a pescar.
La Punta de Arena La primera referencia a Puntarenas aparece en los antiguos documentos que custodia el Archivo Nacional, con fecha de 1720, refiriéndose al cacho de tierra que sobresalía en el mar como Punta de Arena. Poco menos de 300 años después, el hilo de playa reúne ahora el sector de La Angostura –cada día más ancha–, el Centro y, en la punta, barrio El Carmen. Los sedimentos del río Barranca han hecho su trabajo de hormiga.
En la barriada, nacida a inicios del siglo pasado, sobreviven aún unos cuantos vecinos característicos del lugar. “Como quien dice, de los veteranos de guerra quedamos pocos”. Jorge Chang Chavarría empezó a trabajar en La Económica, bar y pulpería, a eso de los 15 años. “Del estadio para acá, hasta la punta: este es el bario El Carmen”, detalla.
Los chinos, el ferrocarril y El Carmen
La migración china también encontró en el ferrocarril al Pacífico sus razones. A finales de 1870 empezó a desarrollarse el trayecto que permitía trasladar productos desde la flecha hasta la capital, pero, en los últimos años, apenas a unos cuantos turistas melancólicos y tacaños. Para el proyecto, que concluyó finalmente en 1910, se trajeron trabajadores asiáticos, italianos y jamaiquinos, lo que propició la mezcla cultural en toda la zona.
El local de los Chang, centenario, es de los pocos sitios que quedan en pie. Construido con madera y cubierta de zinc, ha sufrido pocos cambios, más allá de la división mencionada. “Aquí hay puro pochote, cedro y espavel. Aquí usted no ve comején. Si las cerchas de este edificio son de dos pulgadas de ancho por tres, de cedro. ¡Imagínese! Y dígame una cosa, ¿cuesta mucho que lo declaren patrimonio?”
Diagonal al local persiste la Escuela El Carmen, construida en 1943 en un sitio que servía de basurero luego de vagar por varios lugares desde inicios de siglo. Aunque estos son los edificios más viejos, aún sobreviven pequeñas y humildes casas que subrayan necesidades comunes: ventilación y tertulia. De ahí que la mayoría de las edificaciones antiguas fueron construidas en madera, con altura y media en su interior, y cuentan con petatillos en la parte superior para permitir la ventilación. Además, en su fachada destaca el corredor, en su mayoría pequeño, para pasar las tardes y preparar las artes de pesca. En muchos casos, en nuevas y humildes edificaciones sin metros para un corredor, la acera y el espacio público cumplen con esa función de encuentro y oficio.
La Niña del Pacífico
“Yo viví en esa casa, la de fray Casiano”, cuenta Macho Vago, Manuel Martínez Chavarría. El Macho tiene un año de ser pescador retirado y de cobrar su pensión con la puntualidad que no lo caracterizaba en el oficio, aunque con la misma alegría. Aun así añora salir y vérselas solo contra el mar. La mar, para ser precisos. “Mi tata me decía eso: el mar es una niña y como tal hay que respetarla. Tirarse al agua si hay necesidad, no por bobalidad. Yo vivo ahí frente a la playa y tengo 15 años de no meterme al agua”. Manuel también tiene 70 años y desde los 7 zarpó para ganarse la vida. Antes, dice, no era tan sencillo. “En aquel tiempo la pesca era más dura. Salía uno a la hora que fuera y con el clima que hubiera. Si hubiera ese trabajo para pescar no hubiera ni 500 pescadores”. Ahora, con una tropa de 5.000 en todo el golfo y barcos camaroneros que depredan todo, poco tienen que hacer los pescadores artesanales puntarenenses.
Además, los tiempos han cambiado. Antes él y muchos pescadores salían a altamar con una lata de manteca por cocina, una carbura por lámpara y un saco de gangocha por cobija. “Uno antes iba por huevos, cuajada, verduras… a Chira. Hacía trueque. Ahora sale alguien de allá con eso y le dan con un robalo por la jupa pa’ que no sea tan cochino”. Con las risas se arruga más la piel tostada por el sol llena de parches con los que combate el cáncer de piel. Aun así, sigue chingo de camisa y zapatos, con apenas una pantaloneta tan parecida a la que le hacía su mamá, de sacos de azúcar y harina, y una alegría que no le pudo ni quitar el derrame de hace unos años. “El mar es serenidad, calma, tranquilidad. Si usted se pone loco, se lo lleva”, explica. “Al mar no hay que tenerle miedo, sino respeto”.
Ese mar es el mismo que rodea al barrio al norte, al sur y al oeste. Mientras tanto, al este, Puntarenas centro sigue cayendo después de haber sido catapultada durante los ochentas como destino turístico obligatorio para los vallecentraleños y las orquestas nacionales y mexicanas. El auge trajo consigo centros de recreación como el balneario y las discos El caracol y la Bum bum. Y todavía arriban cruceros insolentes para la realidad local, y comehuevos no menos insolentes. La remozada del bulevar del Paseo de los Turistas, que inicia en la punta del barrio y recorre el centro, es apenas un intento sombrío de recuperación. Sobre todo cuando casi todas las familias deben su sustento al mar. Y el mar, por su parte, es una niña sobreexplotada, maltratada y chichosa.
*Adaptación Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa.