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100 años de Vásquez de Coronado
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Por Randall Zuñiga
Publicado el 11/8/2010
 

A pocos días de celebrar su centenario como el undécimo cantón de la provincia de San José, Vásquez de Coronado vacila entre ser devorado por esa urbe que crece descontrolada o conservar su arraigada tradición lechera.

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100 años de Vásquez de Coronado

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100 años de Vásquez de Coronado

A pocos días de celebrar su centenario como el undécimo cantón de la provincia de San José, Vásquez de Coronado vacila entre ser devorado por esa urbe que crece descontrolada o conservar su arraigada tradición lechera.

En medio del bosque del Nuevo Mundo, Juan Vásquez de Coronado no atisbaba que además de conquistar el cacicazgo de Toyopán, “Lugar de Dios”, conquistaba aquel día las páginas de historia de un país americano y, en particular, de lo que sería un cantón dedicado a él, gobernador de la provincia de Costa Rica durante la colonia, su conquistador español.
Mediaba el siglo XVI y así empezaba la destrucción de los asentamientos indígenas huetares de la región, hoy recubiertos por el bosque del que eran devotos sus habitantes tradicionales, por pastizales ganaderos de los que eran devotos los campesinos que la modelaron a su usanza y, más recientemente, por residenciales precarios de memoria y devoción.

Finca La Fuente
El frío viento del norte aún sopla inclemente cuando Carlos Carmona Garita se levanta a la 1:30 am para calentarse las manos y el gaznate con la excusa de tomarse un café. A las dos sale a buscar las 39 cabezas de ganado de la finca La Fuente: Rodrigo García e hijos.
“Desde los 11 años ando entre las patas de las vacas”, recuerda, ahora con 66. Ni las vacas ni el viento del norte, venido desde el Caribe, arrastrando también el frío del Braulio Carrillo, se toman libre ninguna madrugada. “Hay que pellejearla. ¿Según vos las vacas se van a desocupar el primero de mayo?”, se carcajea.
En esa lechería, ubicada en Las Nubes de Coronado, trabaja para redondear la pensión sin hacer caras por el trabajo duro que lo levanta a la misma hora en que comienza la desbandada de clientes de restaurantes-miradores dispersos en la zona. A esas horas no es nada raro que coexistan y hasta se topen de frente un hombre y 39 vacas, comenzando el día, con una pareja, en auto del año, terminando la noche.
“Se sobrevive, gracias a Dios”, dice Rodrigo García hijo, mientras recoge del suelo pasto para procesarlo. ¿Y trabaja allí desde pequeño? “Yo andaba atrás de mi papá y de mi abuelo”, recuerda. Su vida está tan ligada a la zona que decir que “echó raíces” es poco. “Yo me voy pa` donde mamá, que vive a 10 minutos de aquí y ya me estoy queriendo regresar”, cuenta, sonriendo, aunque luego se queja de que las leyes de trabajo infantil hayan dado al traste con el recambio generacional y, por ende, con el futuro de uno de los oficios característicos de Coronado. “Uno es como las cabras: entre más montaña mejor”, agrega, regresando al tema.

Cantón número 11
En 1864 el centro de estos poblados fue bautizado como San Isidro de la Arenilla, en honor al santo patrono de los campesinos. Los motivos: su primer poblador, Carlos Zúñiga, trajo una imagen del santo entre sus alforjas, y por el material que las crecidas de los ríos Durazno y Virilla dejaban en todo el lugar. Desde entonces los “lecheros”, ahora mote general para cualquier coronadeño de sepa, no solo tuvieron la tarea de cumplir al desayuno de cada familia josefina, sino de forjar un pueblo a punta de hacha en la montaña.
Hacia finales del siglo XIX, ya el centro de San Isidro estaba modelado de la forma tradicional: en torno a la plaza local se ubicaba la ermita (establecida en 1864), la antigua escuela José Ana Marín (1886) y los comisariatos, que hacían de bares y pulperías. Nada hacía falta ya para que el 15 de noviembre de 1910 el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno declarara como nuevo cantón josefino al conjunto de poblados de Patalillo o San Antonio (para entonces Los Anonos), San Rafael, Jesús, Cascajal y, por supuesto, San Isidro. El territorio de 22.000 hectáreas abarca, además, más del 50% del Parque Nacional Braulio Carrillo y 2.5 km² del Parque Nacional Volcán Irazú.
El terremoto de Cartago de ese mismo año marcó también una oportunidad de cambiar el paisaje arquitectónico, sobre todo de las casas de hacienda que muchos terratenientes josefinos tenían en Coronado y se vieron dañadas por el sismo. De ahí que viviendas de influencia victoriana -similares a las que se implantaban en el Caribe- reluzcan aun hoy en un paisaje urbanizado, sobreviviendo los embates del tiempo y el clima. Eso sí, debieron ser adaptadas al clima local: por eso los corredores son pequeños y la pared que recibe el viento del norte fue recubierta por una lámina de acero galvanizado, muchas veces simulando tablilla o ladrillo, a diferencia de la madera del resto de la obra.
Pero el aporte de los propietarios de grandes lecherías, de peones y hasta de amas de casa estaba destinado a una tarea más grande que la reconstrucción de pequeñas casas y comisariatos.

Echándole agua a la leche
Al arquitecto Teodorico Quirós le descontaron ¢400 de los ¢4000 que había cobrado por hacer los planos de la que sería la nueva iglesia de Coronado. El terremoto de Cartago había deteriorado la antigua ermita, y el pueblo devoto lo apostó todo a una edificación que poco tenía que ver con los estilos arquitectónicos de la zona o la época o de lo racionalmente viable.
El día que el padre Carlos Meneses hizo el anuncio de la construcción, un vecino tomó la palabra: “Si Raventós hizo ese magnífico teatro vendiendo agua, el pueblo de San Isidro podrá hacer su iglesia vendiendo leche con agua”. Y ya para el 18 de mayo de 1930 el entonces presidente Cleto González Víquez estaba poniendo la primera piedra del templo neogótico.
A partir de diezmos, donaciones, rifas y ferias, un pueblo de campesinos reunió los $30 mil de la primera etapa de la obra, que consistía en importar una estructura metálica traída en vapor hasta Puntarenas desde la casa alemana Fried Krupp Aktiengesellschaft, luego en tren hasta Plaza Víquez y en carreta lechera hasta el sitio de la construcción. El resto de materiales –madera, arena y piedra- fue sacado de las fincas o incluso de los cauces de los ríos, lo que amplió su cauce y evita las inundaciones, constantes en ese entonces.
Siete años después de iniciadas las construcciones se efectúo la primera misa en el nuevo templo de San Isidro Labrador, con las campanas Isidora y Rafaela repicando a más no poder y con la nave central y las dos laterales a reventar de fieles con su ropita de domingo.
El repicar sigue haciendo eco a pesar de los cencerros herrumbrados, de las lecherías cerradas y de los potreros urbanizados, 100 años después de que una pequeña villa se convirtiera en cantón. Un eco hondo que llega a los huesos, como el frío con que escribía Juan Vásquez: “Finalmente, vuestra majestad tiene aquí uno de los mejores rincones de su reino”.

*Adaptación Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa.

 

Por: Randall Zúñiga* rzuniga@nacion.com, periodista / Fotografía: Rónald Pérez

   
     
 

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