- Por Clara Astiasarán
- Publicado 09/2/2010
- Arte
- Sin calificación
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TWAIN regresando al futuro Hace apenas un par de décadas, la idea del futuro, si bien no tenía nombre, llegaba con algo más contundente, tenía número. A la obsesión por las estadísticas sociales, las estadísticas de la bolsa y las estadísticas del fútbol se le sumaron las aberraciones del new age: la numerología, el sistema solar de los mayas y las predicciones de Zaratustra. Desde 1968, Stanley Kubrick andaba buscando vida 33 años después. Mientras, más burdamente, el 2000 –el número sacro– pasó a rotularse en bares, tiendas de moda, grupos musicales, proyectos urbanísticos y programas políticos. Ya se sabe: siempre son efectivos los ceros a la derecha. La frase tristemente célebre “el futuro ya está aquí”, quedó resemantizada con el paso de los años. Parafraseando a Virgilio Piñera cuando hablaba de Cuba: hay quienes solo viven en la geografía y no en el tiempo. A nuestro futuro le pasó algo peor, le pasó lo contrario. Es el 2010. Por suerte, aún no nos alineamos con el sol, ni suena victoriosa la música de Strauss; el primero da cáncer y el segundo también. Para dicha nuestra, Kubrick nos estafó, como le corresponde al arte. La vida cotidiana más o menos no ha cambiado mucho. Lo que sí cambió fue el relato de esa “vida futura”; de esa “vida contemporánea”. En la actualidad, es casi imposible que un individuo reúna para sí la totalidad de un saber; incluso si este emana de alguna suerte de especialización. Estamos ante una avalancha de información, a través de canales cuya jerarquización ya no es legitimada por alguna instancia reguladora. Algo bueno podría sacarse de esto y lo único realmente bueno que conozco –válgame la praxis– es el arte. Esta sobreexposición a la información, obliga al individuo, y por ende al artista, a no hablar más de un repertorio técnico o conceptual, porque ahora se habla de itinerario u “hoja de ruta”. Internet sugiere el método de la navegación razonada, intuitiva o aleatoria y ofrece una metáfora absoluta del estado de la cultura mundial: una superficie líquida donde se trata de aprender a timonear el pensamiento. Pero como todo tiempo pasado fue, si no mejor, “ya dicho”. Toda esta concepción de relatar el mundo y el conocimiento desde la experiencia, la había adelantado Guy Debord en su Informe sobre la construcción de situaciones y sobre las condiciones de la organización y la acción de la tendencia situacionista internacional de 1957. Un documento fundamental de la Internacional Situacionista y que junto al resto de sus escritos –en particular El Planeta Enfermo y La sociedad del espectáculo– nos dan una idea de que este señor sí sabía que era el futuro y por ello el 30 de noviembre de 1994 decidió que era mejor no verlo. Gran parte de la mejor producción artística contemporánea tiene como derrotero la filosofía de Debord y su praxis nominativa. Por ello, el itinerario u “hoja de ruta” se apega a términos como psicogeografía y deriva, abordados a partir de site specific o los procesos de reconocimiento afectivo y personal sobre las ciudades, instituciones o condiciones experimentales que les son dadas. De esta manera supe del trabajo de los TWAIN (Natalia Ibáñez Lario y Santiago Tacetti), colectivo de artistas que conjugan “situacionismo, futuro, arte y basura” a fin de generar una propuesta que nos interpela sobre el sentido de la ciudad contemporánea, sobre la polución, el desecho, la sobreproducción de objetos en el mundo y de como el arte está en un deber, no legal o moral, sino creativo y político de hacer algo con eso. Los TWAIN viven en Barcelona, pero su centro de operaciones es ese Accidents waiting to happen que han convertido en su statement. Así su método es la producción de formas, mediante la recolección de información de los lugares que visitan. Vi a los TWAIN recorriendo la ciudad de Guatemala, a partir de la convocatoria de su propuesta El (Inter)National (Psycho)Geographic y promocionados por Proyectos Ultravioleta. El resultado de su exposición fue extraordinario entre el artefacto mecánico, el error tecnológico, la artesanía bastarda y la nueva jardinería. Mezcla entre ingenio, curiosidad y objet trouvé, los TWAIN construyen “un mundo nuevo” a partir de la compresión de que el reciclaje no es suficiente en el plano físico: el mundo necesita un reciclaje intelectual de toda su chatarra. Natalia es arquitecta y Santiago artista, esta simbiosis no hace casual que la potencia de sus obras tenga contenido siempre el plano de lo majestuoso y lo tridimensional. Más allá de la tensión “centro”, “periferia”, los TWAIN no separan las culturas tradicionales de culturas reformadas por el modernismo, sino que evidencian que “el dinero” como un auténtico apartheid. En su propuesta de reconocimiento lúdico del mundo. No sin dejar de politizarlo, no sin dejar de pensarlo como laboratorio de re-construcciones reales y simbólicas. Los TWAIN, que siempre apuntalan la idea de que la obra de arte termina en el otro, provocaron a los asistentes a romper artesanías cerámicas, una especie de souvenir típico. Este acto más que liberador, introdujo un curioso elemento perturbador: un juego donde lo roto, no es casualmente más que barro, tierra devolviéndose a la tierra misma. María Montero, una escritora costarricense, reformula el marxismo cuando dice: “la materia ni se crea ni se transforma, solo se destruye”. Pienso en eso, cuando veo demasiado arte y cuando a veo a mis amigos. Necesito optimismo: tal vez ciertas destrucciones implican, en algunos casos, una vuelta al origen de algo. En esta defensa del desecho: una vuelta al futuro.
*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. | ||
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Por: Clara Astiasarán, galerista. / Fotografía: Juan Brenner. El (Inter) National (Psycho) Geographic en Proyectos Ultravioleta, Zona 1, Guatemala. Natalia Ibáñez Lario y Santiago Tacetti. |
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