La expectativa era enorme, el nombramiento del director del Teatro Nacional es clave. Es una de las designaciones más importantes del Ministerio de Cultura y urgía de una nueva cabeza con sensibilidad, inteligencia, conocimiento, alejada de poses politizadas y de ser posible con habilidades diplomáticas. Adriana Collado es la nueva directora.
Después de 60 años de formuladas, las recomendaciones del “Informe Solow” para San José, siguen pendientes.
San José, inicios de 1948. La República Liberal está en crisis desde casi una década atrás, y la ciudad que es su capital no parece haber escapado de ella tampoco.
Formada por los primeros cuatro distritos del Cantón Central, San José cuenta entonces con casi 90.000 habitantes y 607 manzanas. En el centro de la ciudad, originalmente una cuadrícula de origen hispano, se entremezclan ahora iglesias, parques, edificios públicos, escuelas, comercios y residencias, en un proceso continuo de densificación y extensión del área urbana, cuyos ensanches rompieron hace tiempo la armonía de sus ángulos rectos. Al sur, nuevos y modestos barrios como San Cayetano y La Cruz, se consolidan junto a la ciudadela Calderón Muñoz y barrio Cuba. En Mata Redonda al oeste, a San Francisco y San Bosco se suma Pitahaya hacia el norte, otro barrio de clase media y alta. Al este, al amparo de la Universidad, toma cuerpo el elegante barrio del mismo nombre, y barrio Escalante, típico de la clase alta, se desarrolla en lo que era una vieja hacienda. Coincidiendo con ello, en otras partes de la ciudad, en especial las orillas de los ríos Torres, María Aguilar y Ocloro, siguen apareciendo aglomeraciones en precario.
Los límites rotos
Sin embargo, era obvio también que San José saltaba ya sus límites tradicionales, y los habitantes de los cantones vecinos y sus núcleos urbanos como Zapote, Guadalupe, Tibás, Curridabat y Escazú, sobre todo por razones de trabajo, dependían del área central. Eso, junto a la presencia diaria de una población flotante proveniente de las cabeceras de provincia, gracias a la mejora de las vías de comunicación y los medios de transporte, hacían percibir a San José como parte de una unidad regional mayor.
Entonces, rompiendo también los límites políticos de la República, estalla la guerra civil. Esta, si bien no dura mucho, sí altera el rumbo del país, que será regido durante 18 meses por una Junta de Gobierno. Y es esta la que ese mismo año, por medio de la Municipalidad de San José, solicita a la Unión Panamericana la asesoría de un técnico en urbanismo que brinde una serie de recomendaciones para el posible crecimiento planificado de la capital.
Así, en el contexto de una pretendida modernización del Estado costarricense, se procura modernizar también su ciudad capital; y con ese fin, es contratado el urbanista norteamericano Anatole A. Solow, jefe de la División de Vivienda y Planeamiento Urbano de aquel organismo con sede en Washington D.C. Además de su formación en la arquitectura y el urbanismo modernos, por su posición Solow poseía amplia experiencia en trabajos similares para otros países hispanoamericanos.
“En San José permanecí por cinco semanas –dice Sollow–, y el informe final fue preparado en la División de Asuntos Sociales y Trabajo del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Unión Panamericana. Mis recomendaciones están basadas en numerosos giras de estudio, en el análisis de los datos existentes, en conversaciones con los señores Ministros y en entrevistas con funcionarios y personal técnico de la Municipalidad y de los Ministerios y Departamentos del Gobierno Nacional (…), conversaciones suplementarias (…) con ingenieros, arquitectos y otros profesionales de renombre, con el objeto de adquirir una noción lo más completa posible del problema.”
Las recomendaciones hechas El producto de ese trabajo, presentado en enero de 1949, sería el “Proyecto para el desarrollo urbano de la capital de Costa Rica”, y según el arquitecto Carlos Altezor (Arquitectura urbana en Costa Rica) sus principales recomendaciones pueden resumirse en los siguientes tres aspectos:
1. Planeamiento de un “Área Metropolitana” que incluiría la ciudad y a los cantones de Tibás, Moravia, Goicoechea, Montes de Oca, Curridabat, Desamparados, Alajuelita y Escazú; quedando delimitada por el río Virilla al norte, el pie de las montañas al sur, Curridabat al este, y por Pavas y Escazú al oeste.
2. Planeamiento físico, con el trazado de un nuevo sistema de calles y bulevares periféricos, mejoras en el tránsito, zonificación industrial, residencial y recreativa, y planes y controles para el desarrollo urbano.
3. Disposiciones administrativas y legales, con agrupación de terrenos para reconstrucción urbana, control de los valores de la tierra, preservación de los terrenos agrícolas, desestímulo del desarrollo urbano a lo largo de las carreteras radiales y establecimiento de una comisión de urbanismo.
Por lo demás, para la propuesta Área Metropolitana –noción entonces inédita en Costa Rica– Solow desarrolla los conceptos de ciudad-metrópoli con ciudades satélites, brindando mucha importancia a la problemática de la zonificación funcional del territorio. Si bien, como ha señalado el urbanista Vladimir Klochtkov, lo hace de forma muy ortodoxa, hay que recordar que se trataba de las ideas en boga en todo el mundo occidental a través de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM).
Si bien los CIAM venían realizándose desde 1928, luego de la Segunda Guerra Mundial sus planteamientos adquirieron especial relevancia en el contexto de la reconstrucción europea. En nuestro caso, sin embargo, ese hecho produjo una adaptación muy propia de las ideas urbanísticas internacionales de aquella época en el territorio costarricense, de modo que el Informe Solow prevé muchos de los problemas que aún aquejan a San José.
Continuidad y ruptura
No obstante, mientras, a partir de 1948 el país asistía a una transformación estructural. Los sectores medios que tomaron el poder, desarrollan un proyecto económico y social dentro de la denominada industrialización sustitutiva de importaciones; a la vez que crean una importante institucionalidad social, con el fin de implementar políticas redistributivas.
Las consecuencias inmediatas de esto en el desarrollo urbano son significativas. El interés de las autoridades por atender el crecimiento planificado de la ciudad extendida tendrá su continuidad con la contratación del arquitecto y urbanista colombiano César Garcés, quien desarrolla para la Municipalidad de San José un “Plan de Vías Públicas Principales” y un “Reglamento de Urbanización y Fraccionamiento”.
Y en el ambiente de rediseño político-institucional, en 1954 se crea el Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU), que desde entonces asume la rectoría en materia de planificación urbana. Contemporáneo, el Plan Maestro de la ciudad universitaria en San Pedro ofrecía un ejemplo extraordinario de planificación urbana moderna, y en 1956 se crea la Asociación Costarricense de Arquitectos con la participación de los jóvenes profesionales formados ya en la nueva arquitectura.
Paradójicamente, fue esta la época también en que el INVU empezó a minar las competencias de las gobernaciones provinciales y de las municipalidades, entes que hasta entonces habían desempeñado un papel de primera importancia en el desarrollo físico de los pueblos y ciudades costarricenses, y en especial de su capital y alrrededores.
Así, si el Informe Sollow fue el primer análisis moderno de la situación del desarrollo metropolitano de San José, y se convirtió en la base de las iniciativas que le seguirían en la planificación urbana regional, su aplicación inmediata a la ciudad a la que iba destinado se bloqueó de modo indirecto cuando apenas empezaba.
Y empezó entonces la destrucción masiva de edificios y áreas enteras del casco histórico josefino, cuya “modernización” carente de planificación, hizo que empezara a desdibujarse en la memoria social; mientras que recomendaciones básicas hechas por aquel estudio pionero se obviaron, y siguen pendientes… 60 años después.
*Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa.
Por: Andrés Fernández. Arquitecto e historiador* opinion@revistasucasa.com / Fotografías: cortesía de András Fernández