Barrio Condega
Luna Liberiana
Bajo el sol implacable de la sabana o bajo la luna épica, el corazón de Liberia tañe de nostalgia y orgullo, de coyol, retahílas y chorejas.
Cuando se vio alcanzando su propia sombra en medio de la noche, se volteó: la luna sobre el caserío se paseaba inmensa y abrasadora. Hacía apenas un par de minutos que se terminaba el último trago inspirador en La Copa de Oro, y caminando las usuales 100 varas hasta la casa de una hermana, don Jesús Bonilla comenzó a susurrar casi como una oración: “En noches calladas cuando todos duermen, Luna Liberiana, yo velo por ti”. Era 1937 y la escasa luz eléctrica y las calles blancas de cal hacían eco de la luz que cobijaba la Calle Real, en barrio Condega, ombligo de Liberia y Guanacaste.
El pueblo que Bonilla recorría e inspiró su célebre composición “Luna Liberiana” sigue musitando sus versos, y la luna cordial sigue haciendo gala de su entereza aun a pesar del alumbrado artificial y los anuncios de neón. Liberia y su centro histórico Barrio Condega siguen retratadas en esa sombra de luz de luna, en el abrigo de un guanacastón y en la lengua recién desentrabada por una retahíla.
Herencia nicaragüense
“Hablémoslo a calzón quitao: Liberia fue fundada por nicaragüenses. Cuando el Tempisque y el río Cañas se rebalsaban, usted veía una sola laguna. Todos tenían sus haciendas ahí abajo y aquí arriba no había inundaciones. Entonces se fue haciendo Liberia. Traían el ganado de Nicaragua y los sesteaban allí en el parque y partían de nuevo”. Con su típica elocuencia, el folclorista Rafael Ángel Zúñiga Méndez resume en unos cuantos renglones el surgimiento del pueblo.
Cerca de 1750 esos primeros hacendados se asentaban en lo que ahora es Barrio Condega, propiamente en la Calle Real, que conectaba el pueblo con San José. Allí tenían la casa “urbana” de sus haciendas, lo que propició el surgimiento de un centro comercial, religioso y político, sobre todo cuando en 1790 fue creada la primera ermita, en la actual locación de la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Liberia. Este emplazamiento permitió la típica distribución de los pueblos en la zona: iglesia, plaza, gobernación, bar-pulpería y en torno a ellos las casas.
Junto a las grandes viviendas de los hacendados hechas en bahareque, con grandes alturas y un amplio patio central –más cercanas a la tipología nicaragüense e ideales para combatir el calor imperante– también crecían casas modestas de peones y negocios como la pulpería-bar La Copa de Oro, del Chino Acón, que hoy continúa funcionando como el primer día a pesar de algunas intervenciones.
Las casas y calles repelladas con cal –blanca– permitían rebotar el fuerte calor de la zona y darían el mote de Ciudad Blanca a Liberia. El color, la canción de Bonilla y los frondosos árboles de Guanacaste en donde descansaba el ganado resumirían en el imaginario colectivo la identidad local, sumado a los sabaneros, las cocineras y los montadores.
“Por cada pared que botaban en Liberia, de esas paredes gruesas, de adobe, yo lloraba. ´Qué le van a dejar a los güilas` decía yo. Y me ponía a pensar: ´Tiene que haber un atarantado y ese voy a ser yo, para dejarles todo esto a los güilas`. Así empecé a recoger cosas”. El atarantado es Zúñiga, conocido desde los 8 años como Pellejo e´ Lora. El apodo le viene desde que intentó volar como un personaje de televisión y quedó “todo quebrado” a la orilla de una poza.
Pellejo recorre el barrio en su bicicleta diciendo bombas y retahílas y recogiendo “recuerdos desechados” que acumula en su casa, cerquita del río Liberia, al límite sur: desde ánforas traídas por los españoles en la conquista y placas de parques hasta bacinillas. “Es un museo. Más que Santa Rosa. Porque al pobre le pegaron fuego. Yo también lloré ahí, por ese desgraciado que hizo eso”.
Recién pensionado, Pellejo se las arregla para hacer presentaciones culturales en hoteles de la zona y a particulares que visitan su casa o se lo topan saliendo de misa a las cuatro de la tarde.
Ir a misa
“A mí ya se me ha olvidado cómo era Liberia”, cuenta sonriendo doña Rosa Claudia Rivera Rovira, tataranieta de don Baltasar Baldioceda Estrada, fundador de la Ermita de Nuestro Señor de la Agonía hace cerca de 150 años.
El inmueble, construido con bahareque, teja y horcones de madera, se conserva a pesar del tiempo y el escaso mantenimiento. “Lo que hay es un montón de goteras”, cuenta doña Rosa, quien ha pasado casi tres décadas de sus 90 años coordinando el mantenimiento y organizando todo lo referente a las misas y celebraciones del lugar. “Ahora vienen las fiestas de María Auxiliadora. Le hacemos la novena, invitamos tres familias distintas para que vengan a rezar el rosario. Todo eso lo tengo listo. ¡Vieras qué lindo voy a arreglar para la hora santa! Yo tengo unos candelabros muy preciosos y ya los tengo destinados. El padre ni sabe. Es una sorpresa”.
A pesar de la modestia con respecto a su memoria, recuerda fácilmente el Condega de su infancia. “Este barrio era muy pobre, casi ni casitas había”, afirma. La mayoría de las casitas recién habían sido levantadas a finales del siglo XIX y a inicios del XX, expandiendo el centro hacia el este (para toparse con el Barrio Victoria) y, en 1950, al oeste gracias a la apertura de la Carretera Interamericana.
Las construcciones y demoliciones posteriores se centraron por tanto en este límite oeste, dejando buena parte del centro histórico intacto y con un aroma atemporal de café recién chorreado.
“Aquí todo es viejo”, añade doña Rosa, hablando de su ermita. “¡Fíjese que hasta la que la cuida es vieja! (se carcajea). Yo tengo todos mis años vividos acá y no me iría nunca. Solo que me llevaran por necesidad”.
“Para mí el sabanero y la cocinera, y todos esos gremios que existían en las haciendas son eslabones, son los que impulsaron nuestro guipipía, nuestras bombas, nuestras tradiciones, aquella alegría que hay en Guanacaste”, detalla Pellejo, con la voz entrecortada.
Como escuchándolos desde una pampa eterna, don Jesús Bonilla desenfunda la guitarra, la afina y vuelve a musitar: “En noches calladas, cuando todos duermen, Luna Liberiana yo velo por ti”.
*Adaptación Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa. |