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Luciano hijo de la calle
Se la pasa caminando por San José, tomando fotos citadinas, cropeando, pintando, llevando sus cuadros de aquí para allá y robándole juguetes a su hijo para hacer instalaciones. Luciano Goizueta reinventa la ciudad como quien toma revancha.
La moto amarilla se la dio el galerista Klaus Steinmetz. “Quiero otra para mi, pero esta la voy a cortar y la voy a poner a la par del cuadro”. La figura delgada, la barba de 100 días y el suéter gris pasarían inadvertidos en la ciudad delgada, centenaria y ahumada adonde transita. Podría ser una sombra más, pero Luciano Goizueta decide tomarse las cosas menos en serio, sumar a los bloques de concreto el rosa pastel, a los cables del tendido eléctrico un pringoteo de colores y cuando ya San José resulta imposible dibuja un pez gigante que se devora todo.
El artista se ha entregado casi casualmente a la pintura y la creación de microensambles desde hace poco más de seis años. Superar el duelo por la muerte de uno de sus hermanos y una seria enfermedad de médula sentaron su carácter y su visión de mundo, ahora que la paternidad lo vuelve a llenar de colores.
Argentico
Conversando con Luciano, las palabras aparecen acompañadas por las muletillas de un “mae” y un “súper”, repetidas como los colores de ese rompecabezas irreal que intenta armar con sus cuadros. Nació en Costa Rica en 1982 poco después de que sus padres emigraran de Argentina cuando su primer amigo fue desaparecido por la dictadura.
“Siempre me gustó dibujar y hacer cosillas científicas, hacer experimentos. Ya más grande la escuela me quitó mucho esa vara. Tengo unos dibujos guardados de esa época que son superlocos: unos colores, una soltura... Luego en la escuela te quitan esas varas creativas, tenés que adoctrinarte”.
A los 10 conoció Buenos Aires por primera vez. “Volví trastornado por el recuerdo, todo me parecía increíble”. Esa superciudad está presente en sus cuadros pero también la ciudad mínima de un auto destartalado, una aeromoza de los setentas o un juguete de piñata comprado en la tienda El Gallito.
“Luego en el cole tampoco pinté ni dibujé ni nada. Me dediqué más a la música. Agarré la guitarra y mi tata (Adrián Goizueta, músico) feliz”.
La riña con la educación formal lo llevó a tomarse poco menos de un año sabático en el 2000, viajando por Europa. Pero en octubre de ese año moriría su hermano. A partir de allí estudiaría arquitectura y artes gráficas pero “con la cabeza en otro lado”, hasta que una grave enfermedad de médula lo enfrentó consigo mismo. “Fue una época dura, fue un descubrimiento de mi esencia, estar solo, estar lidiando conmigo y mis pedos… más bien fue superpositivo para mí”.
La ciudad en el individuo
Durante los días de tratamiento –entre diciembre de 2002 y abril del 2003–, recorría San José desde Montes de Oca hasta el Hospital México. Se levantaba por la madrugada y acompañado por sus papás y una cámara fotográfica, iba hasta el hospital entre tres y cuatro veces por semana. “Empecé a tomar fotos, no tenía ni idea para qué, pero fue lo que detonó toda mi investigación sobre la ciudad. Siempre parto de la fotografía, aunque el resultado no sea a veces tan figurativo”, explica, desviándose del tema para luego recalar nuevamente. “Había pasado navidad, me regalaron un montón de canvas y un montón de varas y me puse a darle y ahí empezó a salir. Cuando ya estuve bien de salud hice dos expos”.
Esos primeros cuadros de la serie Irrealismo mostraban a una ciudad casi en ruinas –San José la mayoría de las veces–, cargada de cielos azules de verano y colores alegres. “Tiene que ver con ese renacer a partir de algo negativo y jodido. La ruina retratada de una manera que se ve superlinda, como un campo lleno de árboles… pero es Chepe”.
Sincerándose, Luciano asegura que nunca intentó hacer una metáfora de ese renacimiento que vivía. “Es una lectura posterior que estamos haciendo ahora. Pero no necesariamente tenía esa intención. Sí tenía la intención de que tuvieran ese feeling, que fueran diáfanos y positivos, en esa onda. Se podría decir que son un retrato de ese proceso de enfermedad”.
También su proceso creativo resulta tan intuitivo como el jazz con el que sigue coqueteando. “Hago un trabajo muy de diseñador gráfico: las imágenes que tomo las meto a la compu, las cropeo y les quito el contexto. Y por otro lado, en las canvas empiezo pringoteando… Otras veces tengo una idea más clara y sé que quiero por fondo e incluyo un elemento. Después me doy cuenta de que los cuadros tienen una profundidad conceptual que yo mismo descubro. La imagen está íntimamente ligada al discurso. No es concepto e imagen. Es lo mismo. Vos podés trabajar un cuadro a partir de un concepto o a partir de la estética. A partir de eso voy metiendo elementos que considero necesarios en una obra. A veces es solo un carro en una mancha”.
Ahora recorre la ciudad en un Charade gris que parece tomado por un ejército variopinto de figuritas de plástico. “Son de mi hijo”, dice mientras se pone unos lentes oscuros que como los soldaditos verdes y amarillos también parecen salidos de una piñata.
“Ya no estoy abordando la ciudad como antes, ahora busco objetos descontextualizados. Todos son retratos de nosotros mismos a partir de lo que fabricamos”. Su tema, la ciudad que recorre, se dispone vasta y ruinosa carretera adelante. Le queda material de sobra.
Un retazo
Luciano Goizueta Fevrier nació en Costa Rica en 1982. Estudio artes gráficas en la Universidad de Costa Rica y arquitectura en el Instituto Tecnológico de Costa Rica. Ha realizado más de 30 exposiciones individuales y colectivas en Costa Rica, Panamá, Estados Unidos y Canadá. Asimismo, en el 2008 recibió dos premios durante el certamen Valoarte, por las obras “Pasado pluscuamperfecto” (obra ganadora) y “Nómada” (mención honorífica)
Luciano Goizueta
Conozca su proceso creativo a través de un video realizado por el propio artista
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*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. |