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Barrio Los Ángeles, Puebla de los Pardos
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Por Randall Zuñiga
Publicado el 05/6/2010
 

En torno a la Basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles en Cartago, un barrio se aferra a la memoria desde su mejor y más duradero instrumento: la fe cristiana.

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Barrio Los Ángeles, Puebla de los Pardos

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Barrio Los Ángeles, Puebla de los Pardos

En torno a la Basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles en Cartago, un barrio se aferra a la memoria desde su mejor y más duradero instrumento: la fe cristiana.

Apenas unos 15 años antes de que a la mestiza Juana Pereira se le apareciera una figura de piedra que resultó ser Nuestra Señora de Los Ángeles (en 1635), el gobernador de Cartago había atrapado a cerca de 400 indígenas talamanqueños. Las casas del pueblo debían repararse y no había esclavos para tales tareas. Para conseguir obediencia, mandó a ahorcar a algunos de ellos y a los demás los repartió entre los soldados de la expedición.
Un dos de agosto, 15 años más tarde, en las afueras de Cartago, aparecía la imagen de María con Jesús en brazos. Así, la Puebla de los Pardos –pueblo marginal en donde vivían negros, mulatos y mestizos– halló por fin un vínculo directo con la ciudad que la discriminaba. Todo gracias a la fe cristiana. A La Negrita, que sería luego patrona del país.
La mezcla de leyenda e historia continúa 400 años después en la que fue metrópoli capitalina durante la Colonia. El culto mariano aún es pilar, y con más razón en el barrio devoto que fue partícipe de esa historia.

La barriada
Luego del milagro, el barrio pasó de llamarse Puebla de los Pardos a Puebla de Nuestra Señora de los Ángeles y, hacia finales del siglo XIX, al nombre resumido de Barrios Los Ángeles.
Para la época de la aparición, la Puebla ya tenía su condición de barrio, junto a otros como el Arrabal, Chircagres, Taras, Arenilla y Tejar.
La mayoría de las casas, en adobe, seguían las líneas de un diseño colonial vernáculo siempre en torno a la ermita que más tarde el arquitecto Luis Llach convertiría en Basílica.
En el siglo XIX, a la arquitectura colonial cartaginesa, se le sumaban construcciones neoclásicas y neogóticas, el bahareque permitía construir dobles alturas y el espectro urbano cambiaba de la mano del tren y las nuevas calzadas. Y aunque la ciudad superó dos terremotos (1822 y 1841), el de 1910 sería devastador.

Después del terremoto
Muchos lugareños emigraron a San José después del terremoto, conformándose más tarde los barrios obreros al sur de la capital (como Luján y La Cruz). Sin embargo, los que se quedaron debieron empezar nuevamente de cero.
A partir de entonces, la tendencia constructiva fue el bahareque –mezcla de barro, estiércol y caña brava– y la madera, por ser liviana y económica. La tragedia uniría aún más a los vecinos, quienes contaban con centros de reunión como los bares-pulpería La Bicicleta, la Motocicleta y la Hormiga de Oro. Eso sí, luego de la reconstrucción de la Basílica –uno de los pocos edificios que se mantuvo en pie– es este templo, el referente primordial, contrastando por su imponencia con la humildad del resto de las edificaciones.

Ante el inminente desarrollo urbanístico, el caos del que siempre ha hecho gala el barrio se acentúa. En tiempos de la Colonia, por considerarlo un remanente periférico destinado a la mano de obra, a los no españoles. Ahora, por la ausencia de aceras, los cambios de uso –de residencial a comercial– y la predilección de muchos dueños de inmuebles por demolerlos antes de que sean declarados patrimonio, como si de una maldición se tratara.
La historia y la leyenda de barrio Los Ángeles tienen asidero en la mismísima colonización del país. La demolición paulatina de sus edificaciones parece ser, tristemente, una metáfora de una historia construida sobre la devastación de otra.

Don Chepe

José María Araya Arriola, Chepe o Don Chepe para los vecinos, es cartaginés de cepa aunque lo vacilen por ser saprissista en lo que a fútbol se refiere. “Es que viví un tiempo en San José, y me gustó el equipillo”. Don Chepe tiene poco menos de media vida ganada reparando los zapatos en el barrio. “Voy a cumplir, si Dios quiere y llego a octubre , 40 años de estar sentado aquí trabajando y gracias a Dios nunca me ha faltado trabajito “, asegura mientras conversa sin dejar de remendar un zapato de vestir. “Esta casa -donde trabaja- tiene más de cien años. Estas paredes son de esas que llaman bahareque, que son hechas de barro y varilla de caña brava”. A sus 84 años, no deja de agradecer a Dios por su trabajo y su entereza: “Soy una persona que tiene mucha fe y soy muy positivo. Y una persona que sea positiva y tenga mucha fe dura mucho”

*Adaptación para Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa.

 
 

Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.com / Fotografía: Germán Fonseca y antiguas cortesía del Proyecto Barrios