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La ciudad viva
“La ciudad era el sueño del hombre para crear su lugar para vivir, el lugar por excelencia y donde la utopía es posible.” Rogelio Salmona.
A Salmona el amor por Bogotá le viene de haber crecido en ella.
Es el amor a lo vivido, es el amor a recorrer el espacio desde la escala de un niño. Un niño que podía jugar y disfrutar de su barrio sin miedo, un niño que podía ser feliz.
Creció en Teusaquillo, uno de estos barrios cercanos al centro de Bogotá, comparable en San José con Barrio Escalante o Francisco Peralta. En esa época, el barrio y muchos aledaños estaban en construcción. Él vio surgir una parte de la ciudad durante su infancia y adolescencia e hizo de ella un referente. “Salmona vivió su infancia saltando entre andamios, viendo pegar ladrillo y cortar tablas”, afirma Germán Téllez.
Nació en París al final de los años 20. Hijo de padres catalanes, del sur de Francia, llegó a vivir a Bogotá entre 1933 y 1934 con algo más de 3 años. De su vida de barrio, Salmona se emocionaba al rememorar la relación del vecindario entre familias, jóvenes y niños. Recordaba su vida intensa con sus amigos alrededor del parque y las reuniones y peleas con los niños de otros barrios, lo que les reforzaba el sentido de pertenencia a su barrio, al lugar.
Cuenta que las casas de Teusaquillo tenían una relación directa con la calle, con su antejardín integrado a la calle, mantenían la puerta abierta y era normal ver gente hablando de una casa a otra. Con los amigos hacía excursiones en bicicleta; Bogotá les pertenecía, deambulaban por ella, la recorrían y sobre todo se enamoraban de ella…Una figura importante en la formación de la conciencia ciudadana de Salmona fue su padre, a quien escuchaba referirse con indignación sobre el crecimiento desordenado de la ciudad.
Se puede afirmar que Salmona y su pensamiento no surgieron solos o por casualidad en el ámbito de la arquitectura latinoamericana y mundial. Era parte de un puñado de rebeldes que en los años 50 y 60 se oponían con vehemencia a “lo moderno”, o aquello que les enseñaba en las facultades como “estilo internacional”. Al punto que Le Corbusier, famosísimo arquitecto y precursor de ese estilo, para quien trabajó Rogelio por ocho años en París, lo llamó traidor. Arquitectos como Scharoum, Mendelsohn y Alvar Aalto guardaron ante la moda impuesta recelosa distancia y fueron por años borrados del mapa del escenario arquitectónico. Estos olvidados proponían darle una mirada al origen, el retorno al lugar, a la memoria y a la naturaleza, como rasgos inapelables del ser existencial.
Salmona “emprendió a diario innumerables batallas para proteger las mejores tradiciones urbanas, para defender los valores particulares de cada entorno, para poner en evidencia su belleza y la forma peculiar en que cada sitio hace parte del alma de sus habitantes”, asegura María Elvira Madriñán. Y es que él peleaba contra gigantes, al igual que el Quijote contra los molinos, o como cuando él mismo, siendo niño, vestido de mosquetero, según se lee por allí, actuaba en una obra de teatro escolar blandiendo su espada para defender al rey de Francia. Sin miedo y sin temor a decir lo que pensaba, Salmona luchaba, regañaba y se echaba encima a vecinos y políticos. Fue en los últimos 15 años cuando logró tal respeto entre la clase gobernante, que pudo intervenir con más facilidad en la toma de decisiones en asuntos urbanos en la ciudad de Bogotá.
Su trabajo llamado el “eje ambiental”, que es el rescate de la famosa avenida Jiménez en pleno centro de la capital, es un proyecto que brindó a los que la recorren diariamente un espacio que nos remonta, sin perder la perspectiva de lo moderno, a los banquitos, juegos, plantas y agua del parque que disfrutamos en nuestra infancia. Al respecto, Salmona comentaba durante una entrevista que le hizo Harold Alvarado en el 2006 que “las ciudades (…) son las más grandiosas creaciones del espíritu. Son el lugar de la cultura, los espacios abiertos para que hombres y mujeres puedan vivir a gusto. Los lugares donde se asientan las civilizaciones. Son la libertad y la tolerancia. Bogotá sigue siendo un lugar de mucho sufrimiento, pero que no ha sido vencida por el dolor. Es una ciudad dinámica, lúdica, desordenada. Que no ha crecido como debió crecer, como si se tratara de un plasma que apenas ahora va encontrando forma y nosotros tenemos que darle ese carácter. Bogotá tiene un paisaje inigualable, con su pie de monte, sus cerros, su sabana. Debemos crear otra vez lugares de encuentro, acabar con rejas, sellamientos, clausuras y proscribir la intolerancia. (…) Aquí no se educa a los jóvenes en la cultura de la ciudad y por eso se crece sin entender la necesidad de vivir bien y apropiarse de las ciudades y no se quieren las ciudades.”
Escribir este texto, transcribir a Salmona, me produce un escozor extraño, una especie de sentimiento premonitorio. Casi se pueden copiar las palabras y las apreciaciones y simplemente ponerles San José de Costa Rica. ¿Nos está hablando Rogelio? Esa relación del niño Salmona con la ciudad es la vivencia que consolidó la conciencia ciudadana no solo en él, sino en todos nosotros. El contacto con el espacio urbano empieza en la infancia y es fundamental para el cuidado que posteriormente demos al lugar donde nos toca vivir.
Me es imposible no vincular estos recuerdos con los míos propios en Desamparados centro, donde en los años 70, 30 años más tarde que en Bogotá, se vivía de la misma manera: nos pasábamos a las casas vecinas abriendo un hueco entre las líneas de púas del alambre y los postes que conformaban la separación entre las casas. La relación social más intensa se daba entre los vecinos y recuerdo las incontables veces que nos mandaban a pedir, o dábamos, un poquito de azúcar o harina, para alguna vecina. En bicicleta recorríamos lo que hoy es Gravilias, San Antonio, San Lorenzo, Aserrí y los paseos al Cerro de los Ortuño, donde hoy se construye una enorme zona franca. Y también me es imposible no relacionar estos recuerdos con mi vida actual en Santa Cruz de Turrialba, donde los recuerdos de Salmona y míos no son una evocación, sino la realidad de cada día.
No puedo acallar el llamado de mi razón y mi corazón diciendo que aún podemos, que aún estamos a tiempo y solo basta un poco de nostalgia para entender lo que debe hacerse y algo de vehemencia para lograrlo.
En 1994 fui invitada a colaborar en la oficina del arquitecto en Bogotá. Viví allí una de las mejores y más absolutamente importantes épocas de mi vida, sufrí por la ausencia de los que dejé, sufrí adaptándome a un trabajo y a un trato que no eran conocidos para mí, y sin embargo nunca antes fui tan feliz y autosuficiente. Aprendí a dibujar, pero sobre todo aprendí del rigor, de la ética, de la vehemencia en la arquitectura como el mismo Rogelio decía. Esta experiencia marcó mi vida profesional y también la personal. Encauzó la manera en que trabajo y reafirmó mis objetivos de vida. Me enseñó que la arquitectura es poesía y la vida también.
Escribo este recuerdo con esperanza. Esperanza en la construcción de un mejor mundo, de una mejor ciudad, con la cual todas y todos podemos colaborar. Una ciudad donde impere la poesía…
*Adaptación Revistasucasa.com, el artículo completo se encuentra en la edición impresa. |