Una ciudad sin grafitis es como pan sin levadura, geografía sin pulso. Aunque su vitalidad sigue acosada entre juicios estéticos y policiales (“arte o vandalismo”), en San José, un staff de nuevos autores ha convertido La California y San Pedro en una antología de textos prohibidos.
Fue hace más o menos 20 años cuando un grafómano pionero irrumpía en el paisaje rural de San José y alrededores con su célebre frase “los homosexuales también sienten”. Censurada ad infinítum, la frase reaparecía una y otra vez como si brotara de la pintura que intentaba taparla, espontáneamente. ¿Qué quería decirnos este autor anónimo que, en un doble desafío, alcanzó a pintar su lema sobre algunos muros de adobe, entre cafetales, en el corazón de Concherías? ¿Qué habrá sido de este prófugo de la literatura que logró grabar su frase en la memoria de quien escribe, y en la de quién sabe cuántos más?
Pese a lo inolvidable de la cita, en la década de los 80 los gestos grafiteros no eran ninguna novedad, ni siquiera en Costa Rica. Los aerosolistas más beligerantes ya habían registrado varios conflictos de alcance nacional –como la lucha contra Alcoa o la insurrección sandinista– y en general, estos “pintores-infractores” tenían a los ticos más que acostumbrados a sus mensajes diversos, en todo tipo de superficies públicas, desde paredes hasta inodoros.
La Cultura con mayúscula sería el principal atenuante por esta “falta de asombro” ante un hecho que, paradójicamente, siempre llama la atención. Aunque la ilegalidad de esta caligrafía mutante es una de sus condiciones –o al menos así era hasta hace poco–, también es cierto que el ser humano raya paredes desde la época de las cavernas y no ha dejado de hacerlo desde entonces, a lo largo de los siglos, sin interrupciones.
En el país no hay un censo actualizado pero hay rastros. A finales del año pasado, por ejemplo, lo más granado del movimiento (unos 60 jóvenes) se reunió para “intervenir” el redondel de Zapote, en una actividad que fue impulsada por propios y ajenos y que incluso contó con el aplauso de las autoridades municipales.
Hook, Mush, Ash, Gaffeto, Zefar, Kien, Ein, Negus y Pain. Más que nombres parecen onomatopeyas, aunque tampoco son nombres en sentido estricto, sino formas de encubrir identidades aterradoramente comunes e injustamente corrientes. Tal vez José, Miguel, Sergio, Andrés... Hoy son grafiteros y mañana, quién sabe… Los callejones de La California y San Pedro son dos ecosistemas en los que el grafiti brota y se arraiga, aunque ni siquiera estos “espacios de furia” han logrado concederle a San José un aire de gran metrópoli sino, cuando mucho, de ciudad subdesarrollada capaz de articular, muy de vez en cuando, un lenguaje universal frente a problemas universales. Algo así como un texto que, por el momento, solo se puede leer como mancha. Las cercanías del Parque España, algunos puentes y rotondas, los alrededores del antiguo Consejo Nacional de Producción y el Mercado de Mayoreo son otros lugares con alta densidad de inscripciones. Sin embargo, estos “llamados de atención” no se circunscriben a la capital y una visión más amplia del fenómeno contemplaría otros escenarios, como la autopista Florencio del Castillo.
“Tenemos que comenzar por establecer dónde empieza un grafiti y dónde termina. Desde las rayuelas en las aceras, los garabatos en los cuartos de juguetes, los mensajes en los baños de los bares, el signo de la ultra bajo el puente, los murales en las ciudades, las piedras del Aguacate que aseguran que Cristo vive y que viene o que a 100 metros se vende jocote…”, dice el arquitecto Diego Van der Laat, de la firma Sanjosereves. “Me parece que en el país el grafiti es visto legalmente como vandalismo y daños a la propiedad pública o privada… Aunque lo entiendo, no creo que una ley pueda frenarlo, tal vez regularlo o encauzarlo pero entonces perdería su fuerza. Es un acto criminal que muchas veces denuncia otros actos criminales. Solo queda esperar que, si lo van a hacer, lo hagan con inteligencia y no que sea un gasto de spray y revestimiento”.
Hay cierto consenso en afirmar que toda irrupción gráfica en un espacio “inconcebible” para ese fin es un grafiti, pero el asunto va más allá de registrar las iniciales en un tronco o descargar la impotencia ciudadana sobre alguna tapia, por lo que era de esperarse que la actividad evolucionara hasta toparse de frente con las prácticas del arte contemporáneo. Sin embargo, no solo tuvo que pasar mucho tiempo antes de que el grafiti ingresara oficialmente al selectísimo club de las Bellas Artes sino que aunque finalmente lo logró, pop mediante, su escenario natural sigue siendo la calle.
De todos modos, el Siglo XXI ha visto incluso cómo algunos grafiteros “antisistema” (aunque con exclusividad primermundista) han pasado a convertirse en colosales estrellas terrestres –como Bansky o Paul Insect, por citar solo dos–, subvirtiendo algunas de las viejas premisas propias del género, como la marginalidad, el anonimato y la precariedad. En su ascenso han colaborado quienes debían hacerlo: los medios masivos, el mercado del arte y todas las instancias dominantes de persuasión estética. Un reciente reportaje del diario español El País reseñaba así la cotización de Bansky: “En Nueva York, en una subasta benéfica, una pintura conjunta de él y Damian Hirst llegó al millón de euros. Angelina Jolie y Brad Pitt, como tantos otros ricos, le adoran. Y cuanto Banksy más critica el sistema, más dinero gasta este en comprar todo lo que él pinta”.
La nueva ilustración
Sucedió a finales del 2003. De las 286 obras que 197 artistas regionales presentaron al I Concurso Centroamericano de Artistas Emergentes, fueron las propuestas de Alejandro Ramírez las que se llevaron el Primer Premio: “Acción para enfrentar dos barras de fútbol” y “Acción de darle mantenimiento al graffiti”, sobre las que el jurado anotó: “En ambos el artista ha sido capaz de poner de relieve, de manera aguda y pertinente, la emergencia de subjetividades informales en el escenario urbano, por medio no solo de simples representaciones, sino de intervenciones directas en el terreno donde esas subjetividades se crean”.
La universalidad del grafiti se codea con expresiones como el baile o la música aunque, de un modo mucho más atrevido (y visible y descarado y monumental) inscribe su mensaje en el latido de la cultura contemporánea, es decir, en la urbe, ese espacio existencial donde el individuo se pluraliza.
Por eso, cuando la arquitecta costarricense Patricia Gutiérrez Gross decidió que Mush le grafiteara el interior de su casa, en el 2008, ella sabía perfectamente lo que hacía.
“El grafiti es algo escondido. Nace del alma pero tenés que hacerlo escondido. Es como el sexo. Es urgente pero no tenés que hacerlo en público. La inspiración de ellos es la adrenalina que sacan del hecho de esconderse”, dice. “Hay grafitis como hay cuadros, buenos y malos. El verdadero grafitero raya una pared que sabe que no le va a incomodar a nadie y que más bien va a dar gusto ver”. THC (Todos Hermanos Centroamericanos) es uno de los 10 colectivos que actúan dentro y fuera del país y Mush, uno de sus 14 integrantes. Creció en San Sebastián, tiene 26 años, una carrera universitaria y una forma sencilla de ver sus aficiones. “La motivación de cada uno es random y cada artista tiene su tendencia. Lo mío es el grafiti artístico, renovar paredes… embellecer paredes destruidas”.
Por sus palabras, es claro que una conciencia de autoría hace que los grafiteros también cuiden mucho su reputación, especialmente ante sus colegas. “Para mí es un equilibrio, pero entre grafiteros lo que se ve mal es cuando dejás de rayar ilegalmente. Yo ya no rayo una casa ni rayo encima de nadie pero claro que rayo de noche, a la carrera, sin que me vean. La esencia de la calle es el anonimato”.
Para Van der Laat, el tema podría y debería cruzarse con alternativas arquitectónicas antes que con medidas legales. “Tal vez un edificio cuya fachada fuera una pizarra gigante podría ser un ejercicio agradable para ver cómo se comporta la gente… aunque no necesariamente reflejaría la realidad de todos los que grafitean a las tres de la madrugada…”
*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.