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Fernando Botero, pintor y escultor
“En todos lados hay detractores de mi obra. ¿Y qué voy a hacer?”
Dice que, en el oficio del artista, es necesario armarse de una piel de cocodrilo, útil para superar las críticas. Y, sin embargo, no las lee. Ronda casi los 80 años, de los cuales ha pasado 60 “pintado de todo”, marcado siempre por nostalgia de Colombia.
Venecia. Un grupo de personas se prepara para visitar el nuevo museo de arte contemporáneo, inagurado en junio del 2009. Todos, menos uno, manifiestan grandes expectativas por la nueva Punta de la Dogana, frente a la Plaza de San Marcos. El único que se opone a la visita es Fernando Botero (Medellín, 1932). “Yo ahí no voy, ni loco”. El resto de la compañía no insiste, y se marcha sin persuadir al artista, que pasó por Venecia para presentar en la Galería Contini, una serie de óleos y dibujos sobre el circo.
Su mirada embiste aún, pese a que se esconde tras unas gafas redondas, pesadas para su rostro. Sobreviven en él sus cejas imponentes, ahora grises, como su cabellera. Ronda casi los 80 y su espina dorsal le permite caminar erguido. Lleva encima una chaqueta de cuero ligera y una bufanda de lana. El tono ronco de su voz delata el último episodio de un resfrío.
Nos sentamos en una salita cerca de la terraza-resturante del albergue, que se asoma al espléndido Gran Canal. A Botero le molesta la música clásica de fondo y el ir y venir de gente.
–Sabe qué, aquí esto está muy jodido.
Es un gran conversador, simpático. Posee una forma entretenida de contar las cosas y suele reír a carcajadas. Me pide que me siente a su izquierda, porque no escucha del todo bien con el oído derecho. Ambos tomamos un café, apenas manchado con leche.
–¿Por qué la nostalgia por su tierra es un elemento constante en su obra?
–Lo que he hecho es pintar al Medellín que conocí de niño y adolescente. Ha jugado un papel importante la nostalgia. En el fondo, hay una tendencia a rehacer la vida de un cierto momento que uno considera especial, perfecto. Uno vuelve a recuerdos que son modificados, embellecidos.
–Entre 1999 y 2004 da un giro temático importante. ¿Por qué decidió abandonar los temas amables para retratar la violencia en Colombia, y recientemente, las torturas en la cárcel de Abu Ghraib?
–Algunos artistas han tratado al mismo tiempo temas amables y dramáticos, como Goya y Piccasso. Eso significa tener cierta conciencia política, la cual sigo, pues ciertos acontecimientos me hierven la sangre. El interés por Abu Ghraib sucedió al leer las noticias de las torturas cometidas por soldados estadounideses a prisioneros iraquíes. Uno se siente motivado y reacciona porque en el fondo uno tiene la capacidad de expresar su ira con el propio trabajo.
–En el pasado, usted declaró que los artistas contemporáneos solo buscan crear shock y provocar escándalo. Quienes lo atacan dicen que los cuadros de Iraq son escandalosos. ¿Qué piensa?
–Hay dos cosas distintas: el arte contemporáneo es un concurso para ver quién hace la cosa más extravagante. Por otro lado, están las ideas, algunas son brillantes, como las de los creativos publicitarios, pero no tienen nada que ver con lo que es el arte. El arte produce choque, pero no por ser una idea descabellada, como es el caso de Abu Ghraib, que impacta por el dolor y el sufrimiento del hombre. Los artistas contemporáneos, en cambio andan en busca de una idea extravagante, pero no es ese el motor del artista que trabaja todos los días y que no busca el impacto en una idea, sino más bien la profundidad de su trabajo. El arte contemporáneo es decorativo, se preocupa solo por la forma, pero el arte debe tener elementos formales y expresivos.
–¿Cómo vive la vida cotidiana cuando viaja a su país?
–Paso en Colombia un mes por año. Tengo una casa cerca de Medellín, en Río Negro. No es que salga con frecuencia porque trabajo mucho. Pero si salgo, el Gobierno me pone una protección. Tengo dos o tres guardaespaldas, soldados.
–En 2000 regaló a su país parte de su colección privada (Picasso, Gauguin, Renoir, Dalí, Manet, Corot). También entregó a su ciudad natal 85 obras de su autoría. ¿Cuál es el motor que lo mueve?
–Uno hace regalos porque quiere a su país y porque en Colombia no había museos de arte. Además, los cuadros de artistas internacionales estaban en un depósito en Suiza, guardados en unas cajas. Y ahí nadie podía verlos. Uno quiere que la gente joven y que no tiene recursos pueda ver la obra de artistas importantes, porque antes en Colombia solo existían un bellísimo museo de arte colonial y un museo del oro. No había un impresionista, un Picasso, nada de eso. El museo de Medellín es precioso y la gente que viene a verlo queda sorprendida. Yo colgué la colección y nadie la puede cambiar. Ningún cuadro se puede prestar, regalar o alquilar. Porque eso pasó antes: los políticos llamaban al Museo Nacional y pedían cuadros para una embajada, que se iban y no volvían nunca. También mandaban las obras más importantes al Palacio Presidencial. Eso tampoco puede ser.
–En Colombia existe un auge de jóvenes talentos, que reciben mucho apoyo del Estado y de la empresa privada, pero al mismo tiempo alcanzan un éxito mediático muy veloz. ¿Qué piensa al respecto?
–No estoy muy enterado, pero si sé que ser artista hoy en día es más fácil que cuando yo empecé. Porque en aquel momento vender una obra y vivir de la pintura era casi imposible. Todos los artistas tenían que hacer algo distinto para vivir. Hoy en día, los artistas tienen la suerte de que en Colombia hay mucha gente que compra arte joven. Eso, debo decir que nosotros con la batalla que hicimos le facilitamos la vida a los artistas jóvenes, lo cual está muy bien. Sin embargo, gran parte de la culpa de que el arte haya llegado a ser tan banal es responsabilidad de la prensa. La calidad en el arte no es noticia, porque no se puede describir sino viendo la obra, pero quien hace la cosa más extravagante sale en el periódico. Eso crea toda una distorsión: se vuelve famoso uno que hace una tontera y pasa inadvertido otro con una obra muy seria. ¡Es peligrosísimo, peligrosísimo!
–Es usted el rey latinoamericano de las subastas, tan bien cotizado, que sus obras adquieren precios por los cielos. ¿Qué efecto le crea saber que una obra suya puede costar más de un millón de Euros?
–Eso de las subastas es como una ruleta rusa: puede ir bien o mal. Si un artista logra un gran precio en una subasta, en la siguiente hay 50 cuadros para la venta. Son un mal necesario. Por otra parte, hay un aspecto negativo: soy mucho más internacional que la mayoría de los pintores que pasan en las subastas latinoamericanas, porque he expuesto en el mundo entero. Obviamente el público que viene a la subasta internacional es diferente de una latinoamericana.
–¿Qué piensa cuando ve una copia de una obra suya?
–Veo tres diarias. En el fondo, es impresionante la cantidad de falsos que hay. Copian de todo, escultura, pintura, dibujo. Es una epidemia. En Francia ya saben cuando son falsos y han parado cantidad de cuadros. Pero en Colombia reproducen muchos falsos y los exportan con papeles de no sé que ministerio, que son prueba de autenticidad.
En Colombia ya deberían saber la diferencia entre uno falso y uno verdadero, sobre todo las esculturas que son hechas burdamente ahí, no sé exactamente dónde. Eso deberían pararlo, ya se sabe que yo no hago la fundición en Colombia, sino en Italia. Desgraciadamente es así. Hay falsos hechos en todos lados.
*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. |