- Por Super Admin
- Publicado 11/4/2009
- Profesional Invitado
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Arquitecto de cuerda Único en su especie, el luthier costarricense Juan Carlos Soto no está solo: este constructor y restaurador de instrumentos musicales anima la vida cultural de la región Casi una hora pegado al teléfono. No importa, es una llamada internacional, es decir, negocios internacionales. Juan Carlos Soto habla por el inalámbrico y camina en círculos por el pequeño taller, envolviendo las mesas, el torno, las sierras, la lijadora. Al otro lado de la línea, desde Ciudad de Guatemala, un coleccionista de instrumentos afina los detalles de un encargo en proceso: la restauración de una guitarra clásica que le perteneció al artista español Pepe Romero, hecha por su nieto. Soto habla con una amabilidad invencible. Del techo cuelga el fruto de su trabajo: decenas de violines y violas como preciosos jamones en una charcutería. La negociación continúa mientras la mañana avanza luminosa detrás del ventanal que da a un jardincito casero. Debajo del marco cuelga una colección de gubias y delicados cinceles, herramientas que parecen ellas mismas obra de algún orfebre. Todos los rincones de la habitación están ocupados: desde planos de corte arquitectónico y papelitos con filigranas de marquetería hasta pequeñas pirámides de algunas de las maderas más finas del mundo que, por cierto, no abundan por estos trópicos… ébano, madera serpiente, peral, arce europeo, abeto selva negra… Sobre esas maderas dispersas descansa gran parte de la Historia de la Música. De hecho, el cuerpo de lo que algún día será una viola permanece abierto sobre una de las mesas. Suponiendo que un instrumento así requiere casi un mes de trabajo, al igual que un violín o una guitarra, a esta viola debe faltarle por lo menos una quincena de dedicación exclusiva. Es justamente lo que intenta Juan Carlos Soto, si lo dejaran, pero últimamente está tan ocupado que más que luthier parece el hombre orquesta. Hasta hace poco, él mismo creía que su especialidad y vocación eran los instrumentos de cuerda (latinoamericanos, clásicos y para la música antigua), sin embargo, tuvo que rendirse a las evidencias, pues se ha convertido también en empresario, restaurador y maestro de nuevas generaciones. Por si fuera poco, el grupo de música antigua Ganassi –con el cual colabora desde hace años– finalmente delegó en él la producción de todos sus asuntos artísticos, por lo que además de ser el padre de su tiorba, su viola da gamba y su bombo legüero, pasó a ser su representante, su administrador, su promotor, su secretario y la voz de su conciencia… “El taller es un conglomerado”, explicará más tarde. “Es taller pero también es escuela y punto de información para este tipo de cultura. Es una puerta de acceso a conocimiento y conexiones”. Soto abandona el taller y por un momento todo queda en silencio. De espaldas a la puerta, su colega Pablo Ruiz continúa con un trabajo minucioso, es el encargado de darle los últimos toques a la guitarra que muy pronto estará en manos del coleccionista guatemalteco. Con Pablo, ya suman cuatro los estudiantes que han pasado por el taller. Cada uno, dos años como mínimo. Cuando aprenden, los estudiantes pagan su formación con trabajo. “Formar a un alumno es como criar un elefante”, dice, mientras examina las llaves del chelo. “Hay que ser muy paciente. Todos mis alumnos tenían vínculos con la música… No tengo prejuicios de ningún tipo… Bueno, sí tengo uno… El que se cree genio, lo echo”, dice. Y suelta una solemne carcajada. Ciencias tropicales Hace 10 años tenía 34, vivía en Europa y viceversa. Sin embargo, tomó la decisión, meditada y premeditada, de regresar a Costa Rica. Y entonces Soto, contra todo pronóstico, apostó por el camino inverso cuando en el otro le iba de maravilla; se radicalizó cuando nada ni nadie lo obligaba a hacerlo. El anterior no es un comentario ligero sino, por el contrario, el meollo de la cuestión: lleva una lista de espera de año y medio. Es decir, quien quiera un instrumento suyo, es mejor que tome asiento. Pero esa espera es una fiesta. Sus instrumentos bien podrían considerarse esculturas con cuerdas vocales, con precios que empiezan en los $3000. Actualmente, más de 40 personas le pagan en módicas cuotas mensuales, desde jóvenes intérpretes que necesitan un instrumento de alto nivel para graduarse y continuar con su carrera hasta músicos profesionales que precisan una nueva herramienta. En general, se trata de adquisiciones de todo tipo. “Los instrumentos que la gente llama ‘instrumentos malos’, yo los aprecio. Se llaman instrumentos sociales y son los que enrolan a la gente en una actividad”, asegura. “Mi amor por la música nació con un ‘instrumento malo’. Son maravillosos, democráticos. Con un poquito de esfuerzo, el hijo de una cajera puede estudiar violín”. En el país, no hay otro como él. Hay luthiers empíricos, pero ninguno que lo iguale en formación y conocimientos. Además, por la originalidad de su pensamiento e intercambios, él le ha dado una dimensión política al hecho de ser luthier. “Ser luthier es como ser panadero”, sentencia, modelando pausas y palabras. “Ningún luthier se gradúa de la universidad. Esto no va por la vía académica sino por la artesanal. En Europa, los luthiers forman parte de los gremios de artesanos. El luthier es un artesano porque los instrumentos son utilitarios”. Sin embargo, qué difícil. En el taller de Juan Carlos Soto es imposible no pensar en el arte.*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. |
Por: María Montero/periodista y escritora |
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