Hay que empezar por decir que el maestro Fernando Carballo es de Cartago. Él es una obra de Cartago. Dicha esta sentencia geográfica se pasa a hablar del artista.
Hay que empezar por decir que el maestro Fernando Carballo es de Cartago. Él es una obra de Cartago. Dicha esta sentencia geográfica se pasa a hablar del artista.
En un sentido estricto, si se quiere construir una historia de la plástica en Costa Rica, se puede prescindir de muchos nombres, pero el pintor costarricense Fernando Carballo tiene su curul. Como la vida de Carballo compite con las transformaciones de su obra, lo que hacemos con esta entrevista no es acercarnos a ella, sino presentarle una muestra sin curar de su propia vida.
No hay personas sencillas y Carballo es una de ellas: buen hombre, buen padre y buen conversador que no controla su compulsión por manifestarse de manera plástica. Si en la forma está el contenido, el afán del maestro por autorretratarse no quedaría a una libre lectura.
Luego de 40 años de carrera y una gráfica que es ícono de los discursos artístico-político nacionales, hablar de las condiciones de su nacimiento, sus definiciones de arte o su relación con el establishment deja de ser importante. Con Su Casa conversó en su taller, una tarde; su familia estaba allí, en su casa, que está al otro lado de la puerta del taller. —Usted ha sido muy constante con su discurso a través de toda su carrera. Lo que más ha variado ha sido la técnica. ¿Qué lo hace sentir tan cómodo?
—Me siento muy contento de poder seguir ‘con toda la leche’, como dicen. Para el año entrante voy exponer en el Museo de Arte Costarricense. Estoy preparándome para hacer estos trabajos en tela y de gran formato. Quiero trabajar los cuadros como si fueran dibujos pero en tamaño grande. Tengo como 45 ó 50 bocetos que he hecho. Los estoy haciendo con marcador para ubicar más o menos el espacio. —¿Siempre pinta?
—Sí, desde chiquitito. Siempre lo hago, todos los días. A veces no tengo ganas pero es porque estoy dándole vuelta a algún cuadro. Pero aunque uno no esté en la acción, está con la cabeza dándole vueltas, es algo que no se quita. —¿Quién podría decir que influye en su trabajo?
—De chiquito, descubrí a Leonardo Da Vinci. Y en una revista que llegaba a la casa, conocí a Picasso, a Dalí, a Pollock. Empecé a sentir que la cosa no era una elección. Me encantó Leonardo, incluso a veces persigo el misterio de él. Pero yo digo que no puede ser el misterio de Leonardo, es mi misterio, esos son caminos que uno recorre en este ir y venir de pintar. El amor con Leonardo fue por mucho tiempo, hasta que empecé a conocer el valor de los impresionistas, y les puse más cuidado y empecé a instruirme un poco más. Me gustan todos los impresionistas, me quedo con Van Gogh y Cezanne, fueron los que hicieron la propuesta más clara de salir de ese movimiento hacia otros, que por ahí ya son infinitos. —¿Cuál técnica no usaría?
—Viera lo que me ha costado el pastel. No puedo. Me da cosa en los dientes. Es que uno tiene que sentir el material con el que trabaja. Yo me identifico con todo lo que es graso. Hasta se me olvida que existe el pastel seco. —¿A cual técnica volvería?
—A la de los lápices. Recuerdo que en la escuela había un muchacho que llevaba una caja de 24 pero no los gastaba porque no dibujaba nada, y habíamos dos que nos prestábamos los colorcitos. Una vez en el entusiasmo le cogimos unos lápices, y fue un bochinche. La verdad es que nos comía la envidia, los dos éramos unos fanáticos del dibujo, él ni los gastaba. —¿Ha pensado en dejar su producción plástica?
—Pues sí, a veces, pero yo sé que voy a volver, porque uno es ‘puta’ (se ríe). Yo empecé a trabajar a los 16 años en San José porque era muy mal estudiante. Ya después tenía cierta independencia económica, y me encantaba. Entonces seguro eso contribuyó un poco a que me esforzara mucho hasta que me calificaran tan bien como para que fuera director de arte de Garnier. He ido aprendiendo tantas cosas que no tengo por qué dejar de hacer esto que me da de comer. —¿Tiene amigos de toda la vida?
—Una. Zulay Soto, nos conocimos cuando teníamos 5 años y todavía somos amigos. —¿Y artistas?
—Antes venía mucha gente aquí (se refiere a su casa). Pero se empezaron a hacer muchos enredos. —¿Ha recibido críticas que lo hayan ofendido? —No. Una vez que un periodista que trabajaba en La Nación, que me dijo que era un trasnochado. Pero una cosa es ser sincero y otra trasnochado. Pero nada más. Tal vez lo que me podría ofender mucho, no me lo dicen.
Premios y distinciones:
* 1974 Primer Premio Certamen 25 Aniversario del ICE, San José, Costa Rica
* 1978 Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, Dibujo
* 1980 Premio Edición de Estampillas Plástica Costarricense, Ministerio de Hacienda
* 1982 Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, Pintura
* 1984 Primer Premio Ilustración Poesía Femenina Ilustrada, Embajada Argentina. * 1997 Único Pintor Costarricense seleccionado para representar a Costa Rica en la exposición itinerante “Iberoamérica Pinta”, organizada por la Unesco.
*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.
Karina Salguero Moya, editora* / Fotografía: José Díaz