- Por Super Admin
- Publicado 09/7/2009
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40 años después de Mies Antes que hablar de architekture, Mies van der Rohe prefería nombrar a su obra con otro vocablo alemán baukunst. La palabra compuesta explicaba de mejor manera las intenciones de su trabajo: hacer de la construcción (bau) un arte (kunst). El botón abandonó por fin el ojal del saco y entonces el lente capturó el puro sostenido con la mano derecha. Podía ser un lápiz dibujando rectángulos y firmando rascacielos o pabellones, pero era un puro sostenido con desdén con la mano derecha. La otra mano se balanceaba cerquísima del acero cromado y el cuero de la silla Cantilever, a un par de cuartas del piso de su apartamento en Chicago. Era 1960 y Werner Blaser se gastaba la película fotográfica en un legendario arquitecto alemán que hizo de la transparencia y la honestidad de los materiales su caballo de Troya: a partir de allí proyectó las bases de una arquitectura universal y consciente de las necesidades que dicta el sitio y la época. “Hay cosas que no tienen que durar toda la vida, como este traje que llevo, por ejemplo”. El Knitze hecho a la medida con que fue fotografiado mientras fumaba y que lo acompañaba a las pocas entrevistas que concedía se hizo polvo hace 40 años. El 19 de agosto de 1969, Ludwing Mies van der Rohe murió con 83 años de respirar arquitectura. Maria Ludwing Michael Mies La arquitectura en el espejo La imagen que Mies había forjado de su obra, a partir de un racionalismo basado en las características de los materiales y, por ende, de la tecnología de su época, hizo diálisis con su imagen personal. Tanto su fuerte silueta y el nivel pulcro del detalle con que vestía, como la métrica exacta de sus palabras ante los periodistas; todo buscaba describir la gramática de un nuevo lenguaje arquitectónico. En este, la función estaría supeditada a la forma, así como esta a las características del contexto: a la tecnología aplicada a los materiales, al sitio, el presupuesto y sus dimensiones. Mies dijo que su obra influía tanto por ser razonable y que “todo el mundo podría hacerlo”. Estaba equivocado. El entendimiento del material para aprovecharlo al máximo, supone un regreso a lo básico que pocos están dispuestos a perseguir y otros menos han logrado con igual delicadeza. Basta mirar las fotografías en donde inspecciona las minuciosas maquetas de sus propias obras, para entender que en el arco de sus cejas se enderezaban todas las líneas. En ellas crecían las letras del metal estructural, L o T, conforme aprendían a hablar los trazos del papel, haciendo de la racionalidad la estética oportuna. La fotografía en blanco y negro pesa más de 40 años. La ausencia en línea recta, desde una época hasta otra, pesa más de 40 años. El lenguaje universal de sus propuestas sigue en pie, afirmado y negado por la historia, a pesar de 40 años de un apartamento en Chicago con los ceniceros vacíos. *Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa. |
Por: Randall Zúñiga, periodista* rzuniga@nacion.co.cr |
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