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Rodríguez del Paso
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Por Luis Chaves
Publicado el 06/25/2009
 

El discurso de Rodríguez del Paso es prácticamente una obra en construcción continua. Temas que luego se han convertido en tópicos del arte contemporáneo latinoamericano

Sucasa 49


Rodríguez del Paso


Rodríguez del Paso

Del itinerario México-Tibás-Nueva York-San José surge la obra de uno de los nombres obligados de las artes visuales contemporáneas de Costa Rica, Joaquín Rodríguez del Paso

Alguien del jurado de la Beca Fullbright, en 1988, vio el potencial de aquel aspirante que entonces iba a cumplir 27 años. Esa beca le financió estudios de posgrado en el prestigioso Pratt Institute de Nueva York. La experiencia, de la que vuelve en 1991 con el título de máster en diseño industrial, se convertirá, mucho antes de que él mismo lo sepa, en el filón crítico del que extraerá la materia prima de buena parte de su obra.

Trasladado de México a Tibás y de allí a Nueva York, el joven que había llegado a las Bellas Artes por el camino largo (pasó por el dibujo, la arquitectura, el diseño industrial y, ese pariente pobre de la escultura, la cerámica) vio de cerca y experimentó la dialéctica centro versus periferia, esa cantera que alimentará su arte en adelante.
   
Cuando regresa, ya trae incorporado el cromosoma de la duda. Rápidamente se convierte en uno de los pioneros del grupo de artistas plásticos que empieza mezclar el arte con estructuras de pensamiento de la filosofía. En otras palabras, aquellos que se alejaron del arte por el arte, del arte decorativo y se movieron más bien hacia el arte como reflexión, el arte como pregunta.

Ya desde la administración Monge, en la década del 80, Rodríguez del Paso trabajaba lo que Virginia Pérez Ratton llamó los “bodegones políticos” en los que la preocupación estética era tan importante como el insight socio-político. Desde ese periodo, se veía el germen de su mecanismo intelectual, aparecían los temas que se fueron convirtiendo en ejes de su obra: la construcción de la identidad cultural, la marginalidad, los conceptos de otredad y exotismo.  

Lo que vino después fue la consolidación de una carrera y una obra. En 1995, Joaquín Rodríguez del Paso fue el primer artista costarricense en exponer individualmente en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, en aquella exposición exploraba, siguiendo el hilo narrativo-reflexivo de su discurso, los conceptos de servidumbre/turismo, centro/periferia. De algún modo, Joaquín estaba ya señalando lo que unas décadas antes las semillas del movimiento punk llamaron “las vacaciones en la miseria de los demás”.

El discurso de Rodríguez del Paso es prácticamente una obra en construcción continua. Temas que luego se han convertido en tópicos del arte contemporáneo latinoamericano
(la fuerza gravitacional de EE.UU. sobre nuestra cultura), pero que en aquel momento habían sido objeto apenas de aproximaciones, de miradas laterales, fueron el foco central de su work-in-progress. Desde entonces, visitar y revisitar este tema ha sido casi un requisito para los artistas latinoamericanos; sin embargo, el giro fundamental, la vuelta de tuerca excepcional de Rodríguez del Paso, es que se corre del púlpito del artista llorón, del lugar común del pobrecito y se inscribe, se incluye, en el arco de la sospecha.

No es el dedo acusador, no es el arte sentencioso, dueño de la verdad, es justamente todo lo contrario: cuál es la línea que separa, en este caso por lo menos, a la víctima y al victimario. Esto lo representa muy bien en cuerpos de obras como Hotel América y en la que sigue trabajando desde hace varios años, Americana.  

En cuanto a la vitrina de las bienales, Rodríguez del Paso ha participado en las de mayor renombre: La Habana (1994/1997), Cuenca (1998), Sao Paulo (1998), Tirana (2001), Lima (2002) y Venecia (2003).  Su obra se ha expuesto además, y entre otros lugares, en el Container 96 de Copenhague (1996), la Fundación Gate en Ámsterdam (1999), el  Museo de Bellas Artes de Taipéi (2000),  el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (2002), el Centro Atlántico de Arte Moderno de Islas Canarias (2002) y el Museo de Historia Contemporánea de París (2004). 

Hay que mencionar también que desde finales de la década del 90, Joaquín ha sido un referente para muchos artistas jóvenes. Fue profesor en el Instituto Tecnológico, la Universidad Nacional, la Universidad del Diseño y en la desaparecida  galería/instituto La Nueva Escuela. En esta última, que surgió y murió en los primeros años de este milenio, Rodríguez del Paso fue maestro de nombres que luego han hecho camino propio en el mundo del arte no solo en el ámbito nacional sino el latinoamericano e internacional: Federico Herrero, Lucía Madriz, Andrés Carranza y Guillermo Tovar, para nombrar algunos. De sus clases particulares, que también imparte desde los 90, han surgido artistas visuales como Jhafis Quintero y Víctor Agüero. 

De esta época hay otro hecho mayor, producto de sus otras dos pasiones, la literatura y el ensayo. Hasta donde conocemos, Joaquín Rodríguez del Paso es el primer artista nacional en crear un álter ego que se ocupó de la reflexión teórica, de la argumentación crítica. Le llamó John Nadador (mezcló el nombre de dos mentores suyos de la época en el Nueva York, Gary Swimmer y John Robshaw). En ocasiones firmando con su nombre y en otras con su seudónimo, Joaquín ha publicado artículos y ensayos en medios locales e  internacionales (Art Nexus, Art Media) y ha escrito en catálogos de artistas del calibre del premio nacional Héctor Burke y de los argentinos Daniel Scheimberg y Fabián Marcaccio.  

Actualmente, Joaquín continúa con el cuerpo de obras agrupadas bajo el título Americana, y reside en uno de los barrios josefinos de alta tradición, González Lahman. Allí, 100 metros al sur de Matute Gómez, rodeado de frascos de óleo, pinceles, legos, clavos, tarros de esmalte, martillos, serruchos y una biblioteca desperdigada, atiende a sus alumnos y sus visitas. Y en entrevistas hace afirmaciones como esta “es triste, pero los ticos somos gringos esperando salir del clóset”.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

 

Por Luis Chaves, escritor
opinion@revistasucasa.com
Fotografías: Rónald Pérez y
cortesía de Andrew Hardin