Fue en los años 90 del siglo pasadocuando la ecología dejó de ser patrimonio de los hippie,cuando quejarse porque arponearan a una ballena se hizo cool y aquella palabra se usó indiscriminadamente, manoseada por la moda hasta casi ningunearla... aún con estupor se recuerda un negocio en San José que anunciaba en su rótulo Ecological Rent a Car, que ya fue la apoteosis, pero no el fin. De esta debacle salió una generación que sí respeta la palabra ecología, la aplica, es comprometida, y la vive todos los días. Insigne.
En Limón, poco antes de llegar a Moín está la reserva forestal Las Brisas de Veragua, un bosque primario, que hace años se usó para para sacar madera fina y el dueño de la montaña consultó con el arquitecto Juan Ignacio Acuña, de cómo preservarla y cómo convertirla en un negocio rentable, en una extraña propuesta, conservar = ganar, que levanta suspicacias aunque el plan demostró su viabilidad.
A la entrada de la reserva está el amplio zaguán que da la bienvenida, la estructura metálica evoca las patas de un insecto y las ondulaciones del techo, el mar, y esta parece ser la clave del proyecto sugerir, no imponer. Luego, empiezan los senderos de madera soportados por pilotes, dejando el espacio necesario para que las criaturas del bosque transiten por él sin interrupciones. El arquitecto cuenta con orgullo que, aunque suene cliché, el universo se confabuló para que se realizara a cabalidad. No tenían idea de a quién acudir para hacer los senderos elevados y justo supieron de alguien que vivía muy cerca del proyecto y se había especializado en California, EE. UU., justo en la construcción de senderos de madera. Él invirtió seis meses, viviendo junto a sus asistentes, trabajando bajo lluvia y sol, hasta terminarlos. El usó muchas de las trochas que utilizaban años atrás los vaquianos y madereros.
Las Brisas de Veragua consta de un ranario, un serpentario y un mariposario, así como una estación científica del InBIO,cafetería y un teleférico que muestra las fantásticas vistas de las montañas del frente y del bosque que se revela a los pies de sus ocupantes. Y tal es el compromiso de este proyecto con la ecología que, cuando empezaron a construir el teleférico, se dieron cuenta de que dos árboles de javillo –de 400 años– quedaban justo en el trayecto previsto y sin considerar los costos económicos que se convertirían en pérdidas, pues ya habían iniciado trabajos en la cima, movieron los cimientos un metro y medio.
En un pequeño pabellón están las serpientes. Después, se camina entre el bosque y se llega a un edificio cuyas paredes –espera el arquitecto– serán cubiertas por las enredaderas, como en las místicas ciudades mayas abandonadas a la suerte de los tiempos. Dentro está un fantástico recinto, oscuro, donde viven las ranas nocturnas, a las que se les ha invertido el horario para que crean que el día es noche. Ahí, los sonidos guturales, graves y silbidos son casi ensordecedores. Esta selva en penumbra es atravesada por un “río” surtido de agua de lluvia y rociadores en el techo para provocar el fino rocío que debería llegar de las profundidades del techo del bosque. De ahí, salimos a la luz en un juego de sensaciones que el arquitecto provoca magistralmente e ingresamos al mariposario, como una selva dentro de la selva, lleno de alas multicolores que revolotean alegremente.
En estos momentos, cientos de costarricenses tienen entre sus posesiones bosques primarios y no saben muy bien qué hacer con ellos... El proyecto Brisas de Veragua demuestra que, con capital costarricense y lo mejor de nuestros profesionales, se puede evitar la destrucción del bosque y convertirlo, de paso, en un buen negocio, entrando sin miedo al cauce del capitalismo sin temor de ser devorados.
*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.