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Del Murciélago
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Por arweb arweb
Publicado el 12/27/2011
 

La ciudad dormitorio y sitio de paso San Juan de Tibás fue, hace casi 180 años, capital de Costa Rica.

Sucasa 64


Del Murciélago

Del Murciélago

La ciudad dormitorio y sitio de paso San Juan de Tibás fue, hace casi 180 años, capital de Costa Rica. Capeando los huecos de sus calles, los restaurantes de comida rápida, y las paredes de bahareque derribadas, perdura en cada familia de antaño, como en una cueva oscura, un dejo de identidad murcielagueña.



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Adiós a la modernidad

Con los años setenta la Arquitectura Moderna se despidió de Costa Rica

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Decía Borges que Buenos Aires es la ciudad más europea de América y más americana de Europa.

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Del Murciélago

La ciudad dormitorio y sitio de paso San Juan de Tibás fue, hace casi 180 años, capital de Costa Rica. Capeando los huecos de sus calles, los restaurantes de comida rápida, y las paredes de bahareque derribadas, perdura en cada familia de antaño, como en una cueva oscura, un dejo de identidad murcielagueña.

“La Asamblea y Consejo residirán en la ciudad de Heredia y el Ejecutivo y Corte Suprema de Justicia en la de San José, mientras que en El Murciélago, que será la capital, se hacen los edificios necesarios”. Así lo dijo Braulio Carrillo, rotundo, cuando firmó el decreto de 1835. La Ley de la Ambulancia había mareado a todo el gobierno, paseándolo por las cuatro provincias de entonces y Carrillo quería ponerle fin situándolo en un punto relativamente neutro entre Alajuela, Heredia, San José y Cartago.

El Valle del Murciélago abarcaba del río Torres hasta el Virilla, y de San Isidro de Coronado hasta La Uruca. Esos eran los límites de lo que Carrillo quería que fuera la capital de Costa Rica. Su ombligo era San Juan del Murciélago, actual distrito central del cantón de Tibás.

Los Villalobos
La receta de las quesadilla viene de su abuela Lusmila Ramírez, casada con Raúl Villalobos. En 1948, en plena guerra civil, pidieron los permisos y pusieron la panadería: La Villalobos, rezaba el rótulo de antaño. Yamil Villalobos Hijo conversa en el pequeño local , mientras un tufo a pan recién horneado despierta la tripa a media mañana. En los estantes hay piñas, bollos y distintas reposterías donde las quesadillas no tienen par. Yamil atribuye el milagro al horno de ladrillos que tienen, muy distinto a los eléctricos de las cadenas de panaderías que compran el pan preelaborado. “El horno es como un iglú. Lleva fuego, con soplete eléctrico y de diesel, como durante una hora. Luego se quita y se ponen unos tarrillos con agua, porque lo que cocina el pan es el vapor”, explica. “Ese toque le da una diferencia”.

Los Steinvorth
¿Cómo era Tibias en ese entonces?. Martha Steinvorth se toma un par de segundos para recordar el pueblo en que creció hasta sus 16, mediando el siglo pasado. “Imagínese que la empleada que teníamos en San José no se vino porque era muy lejos”. Su papá, de ascendencia alemana, buscaba tener una propiedad rural, cansado de la metrópolis josefina.

La casa de los Steinvorth estaba rodeada de cafetales, de los cuales ahora solo quedan “dos o tres manzanas”. A decir verdad, toda Tibias era un gran cafetal con una parroquia y unas pocas cuadras a su alrededor.

Los Divinos
“El incendio reunió a la población, igual que ahora, que nos está llamando a unirnos”. Doña Divinia Jiménez brinca de la crisis del templo en cenizas de 1897 a la de la restauración forzosa en que entraron los católicos locales hace ya 3 años.

Los González Truque
Cuando llegó a La Coope, hace 55 años, Cecilia tenía 6 años. Se la pasaba jugando cromos y andando en patines. Habían muchos lotes desocupados y los dueños de las primeras casas pagaban c75 al mes. La idea de hacer una cooperativa para viviendas había sido de Willy González Truque, quien elaboró su tesis y la aplicó allá a finales de los 40. El papá de Cecilia, Alfredo Ruiz, se unió a la Cooperativa Santa Eduviges, que luego pasó a llamarse Barrio González Truque, en honor a don Willy.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

 

Por: Randall Zúñiga, periodista / Fotografía: Ronald Pérez / Documentación: San Juan del Murciélago, tesis y entrevista a Jafeth Campos, Arquitectura tradicional, tesis de Liana Penabab.

   

Adiós a la modernidad

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Adiós a la modernidad

Con los años setenta la Arquitectura Moderna se despidió de Costa Rica.

Para el año 1969, la Costa Rica que se venía construyendo desde hacía veinte años, fundamentalmente a partir de las ideas “modernizadoras” y “socialdemócratas” y que tomaban cuerpo en el partido Liberación Nacional, parecía estar en su mejor momento.

Sería durante la década de 1970, que los logros materiales y sociales de ese proyecto político y su visión del país se consolidarían en el campo cultural, hecho sobre el cual anotan los historiadores Iván Molina y Steven Palmer: “Los gobiernos de José Figueres (1970-1974) y de Daniel Oduber (1974-1978) fueron el escenario en que florecieron el teatro, la danza, la música clásica y el cine documental; se elevó la producción editorial y de artes plásticas; [y] se expandió la educación superior, al fundarse tres nuevas universidades públicas […].” (Historia de Costa Rica)

Paradójicamente, también, fue al final de esa década en que el marco social y productivo en que se obtuvieron y se consolidaron dichos logros, entró en una crisis definitiva; circunstancia a la que, como es lógico suponer, no pudo escapar la Arquitectura Moderna con que se venía edificando el nuevo orden desde 1949.

Despidiéndose con la crisis.
Para los años de 1970, en el contexto internacional se consideraba que la Arquitectura Moderna como tal, estaba agotada o, cuando menos, en una fase tardía ya de lo que fuera su pujante desarrollo tras la Segunda Guerra Mundial.

El modelo económico vigente entonces en Costa Rica venía tambaleándose desde 1973 con la súbita alza en los precios del petróleo, mientras que el Mercado Común Centroamericano agotaba su crecimiento y reducía el precio de las exportaciones agrícolas del país. El Estado, por su parte, al pasar de “benefactor” a “empresario” incidió interna y negativamente en esos factores externos de cambio, todo lo cual se reflejó en la arquitectura y el urbanismo.

En este último campo, aunque era evidente que la ciudad capital requería una renovación acorde con mucha de la arquitectura surgida en las últimas décadas, el presidente Figueres ignoró las recomendaciones de un grupo de profesionales que, encabezados por “Felo” García, le hicieran en un completo plan de mediano plazo; algo que se corrigió en gran medida en la Administración Oduber con el plan del Distrito Cívico de San José, ubicado en el sector capitalino del Carmen, además de varias iniciativas vitales que prosperaron a su amparo.

Tal fue el caso de la recuperación del viejo Teatro Raventós, así como la creación del Parque Metropolitano La Sabana, en el que se rescató además el edificio neocolonial del antiguo aeropuerto para albergar el Museo de Arte Costarricense. El moderno Distrito Cívico, en cambio, no hubo tiempo para llevarlo a cabo, lamentablemente.

Proyecto de esa administración también, para albergar los Museos del Banco Central, la Plaza de la Cultura daría inicio entonces de acuerdo al diseño de los arquitectos Edgar Vargas, Jorge Borbón y Jorge Bertheau. No obstante, la miopía de la administración siguiente –que lo inauguraría en 1983– no permitió completar ese moderno proyecto, como estaba previsto, en la manzana al sur del neoclásico coliseo.

Así, con la torre del Banco Nacional como ícono, diseño de los arquitectos Guillermo Madriz y Rafael Sotela, inaugurada en 1979, puede darse por terminada la etapa histórica de la Arquitectura Moderna en Costa Rica que, como es claro retrospectivamente visto, acabó sus días con el ocaso del proyecto político, social y económico de la Segunda República, que la había impulsado desde el principio y bajo cuya ala prosperó tanto en lo público como en lo privado, para finalmente decir: adiós.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

 

Por: Andrés Fernández

   

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Decía Borges que Buenos Aires es la ciudad más europea de América y más americana de Europa. Cuatro de sus barrios periféricos (dos al norte y dos al sur de la Casa Rosada) reflejan la cotidianidad cosmopolita de esa ciudad-puerto hecha de inmigraciones; cafés de mala vida, buena carne y mejor literatura; flequillos, polleras, lunfardo, tangos y souvenirs.

La Boca contra el souvenir
La ciudad no empieza en el Obelisco ni en la Casa Rosada ni en la Plaza de Mayo. La mitología porteña empieza en El Caminito, ese Disneylandia criollo en el corazón del barrio de La Boca.
Es el barrio versus el souvenir, contra el adorno para poner en el estante de la sala o en ese estante más cool, el Facebook.

La Recoleta: mall y cementerio
En la Recoleta hay dos barrios. Uno se llena de turistas y son los turistas los únicos que lo habitan. Le dicen cementerio y allí Evita y compañía poco pueden descansar de tantos flashes.
Al fondo, como telón de los mausoleos y las cruces, las torres de apartamentos muestran el culo de los aires acondicionados. Es el otro barrio, donde hay un mall, una exposición de arquitectura, un paseo en homenaje a una cantante peruana, y paseadoras de perros cuyos dueños viven en la altura.

San Telmo cabe en la bolsa del mercado
San Telmo brilla, sobre todo, en su mercado (1897) adonde antigüedades y verduras conviven, donde el corte argentino se ve allí, en vivo, guindando ya sin valar, en pleno pasillo; donde la vecina se entera si fulanito le dio vuelta a menganita, donde el vecino se entera si a Carlos Tévez lo va a fichar River, que es otra forma de dar vuelta. Adonde la bolsa del mercado adquiere sentido y nombre. Adonde a la bolsa la santifica el mate y la bombilla, el bife de chorizo y el afiche de Gardel. Como un tango que todos murmuran sin saberlo, que hasta el carnicero ensaya dando filo.

Palermo de doble vida
Palermo simula aparecer en medio de dos nombres (Soho y Hollywood), de tienditas de diseño, de bares de diseño, de drogas de diseño. De calles que evocan a todos los países de Centroamérica y a Jorge Luis Borges. De una plaza que se llama Cortázar y, por la noche, se atiborra de Magas. Pero, para ser sinceros, Palermo existe a las 10 de la mañana cuando las colegialas de Montaña Rusa y los vecinos con mascota salen a caminar, cuando Rocamadur se despierta de nuevo y el tendero acomoda las frutas y las verduras en las cajas, volviendo su fachada una instalación de arte contemporáneo. Cuando en media acera alguien intenta encender un asado o detallar el traje del Eternauta en el esténcil. La doble vida de este barrio –triple, cuádruple- merece gastarse las suelas, los ojos, el sueldo, las noches y los megas de la tarjeta de la Nikon. Clic y clic.

*Adaptación revistasucasa.com. El texto completo se encuentra en la versión impresa.

 

Texto y fotografía: Randall Zúñiga